miércoles, septiembre 30, 2009

Requerimientos

Algunos blogeros infieren de mi último artículo una especie de elegía por la democracia. Nada más lejos de la realidad: la sigo considerando el peor método de gobierno...si exceptuamos todos los demás. El problema, o "mi" problema estriba en la pésima opinión que me ido haciendo sobre la actual generación de políticos españoles. Pero no pierdo la esperanza (ya es tener fe con los actuales parámetros educativos, lo reconozco) de que la cosa mejore, entre otras cosas porque peor ya no puede ir, tanto por parte del gobierno como de la oposición...
En cuanto a la sanidad, soy decidido partidario de una sanidad pública universal pero con matices, o lo que es lo mismo, con copago según renta. En su fórmula actual no es sostenible económicamente y jamás se solucionarán las listas de espera. Claro que esto conlleva más burocracia y seguimos sin un cuerpo administrativo solvente como en Francia

sábado, septiembre 26, 2009

Las tribulaciones de un votante perplejo

Publicado en "Diario Menorca" el sábado 26 de septiembre 2009
La primera vez que oí hablar de urnas y papeletas tenía ya dieciocho años, cuando al martillo de herejes que nos gobernaba se le ocurrió convocar un referéndum sobre una eufemística “reforma política” que, entre otras cosas, se proponía colarnos de rondón una monarquía pasteurizada y liofilizada para un nuevo milenio, aunque más pronto que tarde resultó contaminada por virus y bacterias demócratas, liberales, masónicos, y relativistas, entre los más perniciosos. Mi padre, un tipo apacible y con escasa inquietud política, planteó, sin embargo, en un arrebato de dignidad la posibilidad de votar “No”, mientras mi madre, celosa guardiana de los valores de toda la vida, trataba de abortar la disolvente intentona de su marido con un encendido discurso sobre los desvelos del centinela de Occidente, trufado de sutiles amenazas domésticas.
En la segunda ocasión, pocos años después, estaba ya con la papeleta en la mano y una emoción parecida al día de mi primera comunión. Claro que, a la sazón, iba ya por los veintitrés o veinticuatro años, cuando llegó el momento de aquella primera penetración en las suculentas profundidades de una urna. Y eso que se trataba de unas elecciones a la presidencia de mi colegio profesional, vamos, como ir con velinas en lugar de hacerlo con aquella vecina de curvas sugerentes, pero en aquellos tiempos de ayuno, abstinencia y orquitis crónica, salirse por una vez del falaz onanismo era una victoria nada pírrica.
Estábamos entrando en tiempos melancólicos en los que las viejas seguridades y jerarquías se iban disolviendo mientras las cosas se iban haciendo democráticas y por tanto incoloras e insípidas, pero aún confiábamos en que la política democrática, conducida por nuestros chicos, antiguos colegas de trenka y pana, iba a salvarnos de injusticias e incertidumbres, que el país iba a funcionar, que llegaríamos por fin a la tierra prometida europea, y que podríamos exhibir las medallas ante nuestros hijos, liberados por fin de los traumas y miserias de nuestra infancia nacional-católica…
Lo que vino después es historia sabida: Felipe, cual mesías redivivo, lanzó su parábola de la caza de ratones por gatos de todos los pelajes y el apóstol Solchaga le refrendaba con aquella funcional consigna del “enriquecéos”. Los tiempos de la euforia perpetua, estaban servidos y tanto ex ucedeos como ilustres progres se pasaron con armas y bagajes a la teoría y práctica del Estado Mínimo glorificado por pentecostalistas y adventistas del séptimo día de allende los mares, para no entorpecer la alegre cabalgada del Mercado hacia el turboconsumismo. Luego vendrían el 11-S y el 11-M para despertarnos del ensueño colectivo, hasta que el estallido de la crisis económica nos introduciría súbitamente en los inquietantes tiempos del estupor cósmico.
Y así nos encontramos en esta reentrée otoñal en la que las políticas neoliberales “sin complejos” están descalificadas, convictas y confesas del descalabro económico y de haber azuzado todos los avisperos del mundo, mientras la progresía internacional no sabe ni contesta, y allá donde gobierna, como en nuestro país, no hace sino practicar el funambulismo sin red, bien con su delirante federalismo de bilateralidades múltiples, bien con una retahíla de medidas erráticas, evanescentes y con regusto peronista, para tratar de atajar la crisis, al tiempo que se adhiere, sin asomo de rubor, a las conocidas tácticas de intoxicación masiva, según las cuales no habría crisis, luego seríamos el país mejor pertrechado para capearla y ahora, mientras las democracias de nuestro entorno empiezan a avistar brotes verdes, nosotros nos encontramos ante un terreno yermo.
¿Y los otros? Ay, los otros, antaño fustigadores implacables de corruptelas ajenas y hogaño expertos en eyaculación precoz de tinta de calamar para camuflar las suyas. ¡Nos persiguen, a las trincheras, compañeros! Expertos en teorías conspirativas, patentan ahora una teoría de la persecución que causaría hilaridad si no fuera tan serio lo que nos estamos jugando, nada menos que la credibilidad de las instituciones democráticas. Pero a ellos parece irles bien así: sus bases son de una fidelidad berroqueña y les va la marcha. Pero al país no tanto, huérfano de una alternativa razonable y, por tanto, creíble, más allá de las consabidas (y demagógicas) rebajas de impuestos y de seguir atizando una y otra vez, con flagrante irresponsabilidad, los peligros del contubernio catalanista, tarea a la que suman entusiásticamente otros partidos de piñón fijo.
El corolario del actual estado de cosas, y cuando empiezan a oírse llamamientos a elecciones anticipadas, es que el higiénico dilema de “¿a quién votar?” se va convirtiendo en un aciago “¿para qué votar?”, absolutamente frustrante para quienes venimos de donde venimos y no pudimos participar en unas elecciones democráticas hasta cerca de la treintena. Pero, ¿para qué perpetuar la endogamia partidista y la actual política de trincheras?, ¿por qué tener que elegir entre la crónica inanidad político- intelectual del zapaterismo-leirepajinismo o el inveterado cinismo del rajoyismo-cospedalismo? Y esto no es lo peor, sino sólo el caldo de cultivo para lo pésimo: la emergencia de un berlusconismo a la española.

sábado, septiembre 19, 2009

¿Volverán banderas victoriosas?

Publicado en "Diario Menorca" el sábado 19 Septiembre

Los avatares de los dos clubes de fútbol más importantes de España han centrado la atención periodística de buena parte del verano, precisamente la época en que su actividad principal está suspendida. Se han sucedido las manifestaciones de ansiedad en directivos y aficionados ante los rumores de llegadas de diferentes figuras del balompié, culminadas con delirantes muestras de histeria colectiva y con algún que otro disturbio al consumarse el colosal advenimiento de los nuevos titanes del Olimpo que no han dejado pasar ni dos minutos antes de estampar sus labios en el glorioso escudo de la entidad y prometer denodada y, si hace falta, heroica lucha en defensa de los gloriosos colores…Y “valores”, ha llegado a decir Valdano, el intelectual orgánico por antonomasia.
Semejante prodigio mediático debe de tener alguna connotación más allá del indiscutible efecto llamada del deporte-rey que lejos de decrecer con la llegada de la era virtual no hace sino aumentar su influencia. Buscándola con curiosidad de entomólogo, nos encontramos con una encuesta del CIS aireada hace unas semanas por La Vanguardia en la que se estudian las simpatías futbolísticas de los votantes españoles, revelándose que, mientras la izquierda manifiesta sus simpatías por el F.C. Barcelona (41.3% por un 18.8% que lo hace por los blancos), la derecha lo hace por el Real Madrid (50% contra un 20.3% que vibra con el Barça). También resultan curiosos otros datos: la izquierda se interesa por La Roja en un 35.0% mientras la derecha lo hace en un 65.1%, y la derecha parece irritarse más ante las críticas a su equipo que la izquierda (28.1% frente a 18.1%).
Prosiguiendo la investigación, se encuentra uno con un trabajo sociológico en la revista Claves (“La minoría dominante” Julio-agosto de 2009) en el que el profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona Carles Castro destaca la asimetría entre la solidez del voto conservador y la volatilidad del progresista así como la intensidad política y psicológica con que los potenciales votantes del Partido Popular viven sus posiciones ideológicas e identitarias. A la luz del trabajo parece como si el electorado progresista, por el contrario, fuera tibio y acomodaticio y reaccionara sólo en situaciones límite. Por su parte, el electorado conservador manifiesta una gran emoción (“emoción muy fuerte” en la encuesta) ante la bandera española o las apariciones de La Roja, y es que la identidad nacional parece constituir un elemento central de la fibra psicológica de estos votantes, según el profesor Castro.
Por otra parte, el inveterado observador de esta historia de un desamor, como llama a la relación Real-Barça uno de sus principales estudiosos, Julián García Candau, se da cuenta de que, aunque en situaciones límite, excepcionales, como ha sido la del histórico triplete o en el fichaje-antídoto de Ibrahimovic, la masa azulgrana es capaz de reaccionar intensamente, en situaciones de normalidad parece resignarse a la hegemonía histórica del club blanco, conformándose con las migajas que caen del permanente festín del mejor club del siglo y del cosmos, como alguna que otra Liga, ser Rey de Copas, una competición menor, varias devaluadas recopas, ¡aquellas copas de ferias! y alguna que otra champions (una cada treinta y pico años, para ser más exactos). Quizás por este fatalismo los culés se toman con laica resignación los períodos de sequía que, al fin y al cabo constituyen su hábitat natural, los que en realidad definen la metafísica del mes que un club, más allá de las consabidas gesticulaciones patrióticas.
No ocurre así en el mejor club del mundo-mundial, donde el peso de la púrpura y cierta representatividad en las virtudes nacionales / raciales, hace que se lleven muy mal los fiascos, que en algunos casos se interiorizan como una auténtica afrenta, como la que le ha infligido este año el desparpajo de Pep Guardiola, que ha roto todas la barreras con su arrogancia ganadora. No sólo se ha hecho con la Liga, Copa y Copa de Europa (ahora ya con el repoker de las Supercopas) sino que se ha permitido la madre de todas las ofensas, humillar al Coloso en su propio templo con una goleada contemplada con arrobo en todo el orbe por su singular maestría y urdida, para más inri, con chicos de la cantera, catalanes de nacimiento (¡Oh, cielos!) o de adopción, como el universalmente admirado albaceteño Andrés Iniesta. Ciertamente en la última temporada, Guardiola ha provocado en exceso al gigante dormido y por eso la reacción ha sido la que ha sido: rápida (para que no se hablara más del triplete), espectacular (una superproducción, según el retórico de guardia permanente) y apabullante (con todo el coro mediático nacional repicando campanas), con lo que por de pronto se ha conseguido lo que se pretendía: centrar de nuevo en ellos la atención mundial.
La razón última de la capacidad de arrastre de Real Madrid y F.C. Barcelona parece ser ese valor añadido de representatividad y trasfondo político-identitario (a veces subliminal) que el Barça siempre ha pregonado sin tapujos con su mes que un club (ahora incluso con un presidente manifiestamente independentista), y que el Real Madrid, sin llegar a reconocerlo pese a la marea de banderas rojigualdas que cubren su estadio en días señalados, no ha dejado nunca de llevar implícito, con ese convencimiento de representar las virtudes raciales, y de que tras alguna inevitable época de vacas flacas las cosas siempre volverán a su estado natural que es la victoria y la primacía absoluta (¿La mayoría natural?).
La realidad es que fuera de Barça y Real Madrid no hay salvación en el universo futbolero. La encuesta del CIS es clara cuando revela las simpatías de los españoles: 32.8% para el Real Madrid, 25.7% para el Barcelona para desplomarse a un 5.3 % para el Valencia (con sólo un 1.4% de ciudadanos de izquierdas), 5.1 % para el Athletic de Bilbao y un 4.3% para el Atlético de Madrid.
Según las últimas encuestas, por primera vez desde el 2004, los conservadores adelantan a los socialistas. ¿Tendrá ello reflejo en las expectativas futbolísticas? ¿Volverán banderas victoriosas al paso alegre de Cristiano, Kaká, y el Ser Superior? ¿Volverán las cosas a su sitio o proseguirá la afrenta?

miércoles, septiembre 16, 2009

Nihilismo juvenil

Lo más inquietante de las últimas algaradas juveniles no es la violencia expresada sino su absoluta falta de motivación, la indiferencia metafísica de sus protagonistas, lo que viene en llamarse "nihilismo". Pero lejos de las jeremiadas al uso, dos aspectos resaltan como polvos iniciales de los actuales lodos: la pérdida radical del respeto a la autoridad de padres y profesores gestada a partir del mayo del 68 que si tuvo aspectos positivos-la liberación sexual y/o social de la mujer, preferentemente-, los tuvo también enormemente perniciosos, como el que comentamos.
El otro aspecto es la entronización del alcohol como droga "bien vista", incluso como "necesaria" para desenvolverse socialmente. ¿Qué van a hacer los chicos si ven continuamente a sus padres con el guisqui a mano como si fuera una prolongación de su mano? De la misma manera que si la única "literatura" que ven en casa es el Marca lo más probable es que se hagan adictos al Sport por aquello de la "rebeldía", querrán imitar el desparpajo sobrevenido de sus mayores cuando llevan un par de copas.
Pérdida de respeto (¿sano temor?) a padres y profesores significa a la larga indiferencia hacia las instituciones; satisfacción aquí y ahora de todos los caprichos lleva a la pérdida del saludable sentido del aplazamiento, básica diferencia entre el cerebro ejecutivo del hombre y de los animales; alcohol "a tope" significa desaparición de las inhibiciones que hacen posible la vida en sociedad. En fin

domingo, septiembre 13, 2009

¿Tienen cataratas nuestras democracias?

Publicado en "Diario Menorca" el sábado 12 septiembre 2009
Si parafraseáramos a Forges en uno de sus habituales recursos humorísticos, podríamos pergeñar uno de sus ejercicios de agudeza visual tratando de evaluar las causas de la creciente pérdida de definición de la imagen de nuestras democracias precisamente en tiempos en que la cirugía de las cataratas parece haber alcanzado sus últimos objetivos estratégicos. Porque, pese a los avances, las cosas se ven cada vez más borrosas, desdibujadas, como si la cámara de Woody Allen las deconstruyera. Quizá nos ocurre lo que a nuestros antiguos, incapaces de localizar la causa de la mala visión en el cristalino, órgano-epítome de la transparencia y la “mirada limpia”, capaz mientras es joven de enfocar correctamente mediante el mecanismo de la acomodación.
¿Acaso vemos nuestras democracias con los ojos de los présbitas en que nos hemos convertido con el paso de los años?, ¿o quizás nos ocurre como a los por otra parte sabios médicos de El Andalus, que localizamos erróneamente la borrosidad en un grumo fuera del cristalino? ¿Acaso les han salido cataratas a nuestras democracias? ¿En qué consiste este “grumo” que parece adherido a ellas y que nos hace mirarlas con creciente aprensión? ¿Caeremos en el error de nuestros antiguos de limitarnos a empujar el cristalino hacia el interior del ojo en quirúrgica técnica de avestruz o, siguiendo la estela de Daviel, el primer cirujano que lo extrajo, ya en pleno siglo XVIII, o intentaremos aplicar un remedio real y efectivo?
Para ponernos en faena, primero tendríamos que diagnosticarlo correctamente y no parece fácil, al tratarse de “una humedad espesa” y por tanto difícil de discernir su estructura, mezcla de corrupción y populismo, liviandad intelectual y cinismo jesuítico, eslóganes y espectáculo. Y en el epicentro del problema aparece un grumo en vías de solidificación formado por las elites de los partidos, grupos de presión y medios de comunicación afines que, alejados galácticamente de la ciudadanía, se recrean en ejercicios de autoestima ante el espejo, férreamente instalados en sus respectivas trincheras ideológicas.
¿Cómo operar eso? Lustro arriba lustro abajo, desde la posguerra europea, las cataratas se extraían in toto, mediante la técnica llamada intracapsular con lo que, además de los riesgos inherentes al arrancamiento del cristalino opacificado, el paciente, al quedar sin su lentilla natural precisaba culos de botella para ver con un mínimo de suficiencia. Es evidente que este cruento método se acabó en España en los inicios de los años ochenta, cuando el chusco cirujano del tricornio realizó su última y fallida intervención de lo que sería la variante quirúrgica de la política sin complejos que algunos han venido postulando en los últimos lustros.
A partir de esa década, el progreso resultó imparable, se empezaron a implantar lentes intraoculares, artesanalmente y con varios puntos primero, para abocar finalmente en la facomulsificación del cristalino, método actual, ultratecnificado, sin sutura y razonablemente seguro, que se ha convertido en el procedimiento quirúrgico de mayor influencia en la calidad de vida mundial y que viene a representar el final de la historia ya que por fin se trabaja capa a capa, tras fragmentar y comer el núcleo / grumo, limpiar los restos corticales y finalmente, antes de implantar la nueva lente, puliendo antes la cápsula de esas excrecencias que le han ido surgiendo con los años, como esa impostura de que las urnas redimen las corruptelas, o las derivadas de las servidumbres partidistas, las del circo mediático, o las que tratan de inhabilitar cualquier atisbo de espacio público, esencial para que la nueva lentilla se mantenga limpia y transparente.
Algunas historias han terminado, como trataba de explicar el casi siempre mal interpretado Fukuyama, como las de la controversia ideológica sobre la mejor o menos mala forma de gobierno, la democracia liberal, ya nadie lo discute ( salvo los Castro, Chávez, Ahmadineyad y otros adláteres más o menos grotescos ), y la relativa al mejor método de gestión económica, el mercado libre, que no libérrimo como ha puesto de manifiesto la actual crisis, pero continúan otras historias: los fundamentalismos, el terrorismo internacional, el calentamiento global, las pandemias, la manera de regular eficientemente el mercado, o los “grumos” de la democracia a los que a los que hemos ido aludiendo.
Pasa lo mismo en la historia de la cirugía de la catarata: ha terminado la historia sobre el mejor método de tratarlas, ya nadie discute que los sucesivos avances no serán más que variaciones sobre el mismo tema, pero surgen “otras historias” no menos inquietantes: la banalización de la cirugía ( hemos pasado del “puede usted quedarse ciego al “esto no es nada, una pasadita por el láser”), y cierta deshumanización mientras médicos y enfermos caen postrados ante el becerro de oro de una publicidad desaforada y de tecnología a veces redundante, impuesta por las casas comerciales y el papanatismo imperante en la actual sociedad hiperconsumista, más que por las necesidades reales…
Quizá se haga necesaria una moratoria, un Tratado de No Proliferación de Armas y Señuelos Tecnológicos para no marear la perdiz y volver al humanismo perdido, como en nuestras democracias puede que se haga imperiosa una corajuda defensa del espacio público, una apertura democrática de los partidos a la sociedad, una apuesta decidida por el periodismo independiente y de calidad que impida que las cataratas democráticas evolucionen demasiado, porque cuando ello ocurre y las estructuras del cristalino se licuan en un magma mórbido, (los oftalmólogos hablamos de catarata “morgagniana”), estamos ante una fuente de complicaciones. En política europea, descartada en su ámbito la cirugía radical, el resultado sería una catarata “berlusconiana”, de muy difícil tratamiento por sus fuertes adherencias. Cuidado con ello.

sábado, septiembre 05, 2009

Ni todos los animales ni todas las guerras son iguales

Ya lo decía Orwell en "Rebelión en la granja": "Todos los animales son iguales pero los hay más iguales que otros". O algo parecido, que me he venido a la memoria para satisfacer la curiosidad de algún comunicante por la opinión del bloguero acerca de la situación en Afganistán, o más bien de lo que pienso de la postura española y sus antecedentes...
Bueno, pues eso: todas las guerras son guerras pero las hay más guerreras que otras. Y me explico. La guerra de Iraq fue una guerra ex novo, es decir, provocada unilateralmente por la necesidad del presidente americano de entonces de dar salida a la ideología neocon del escarmiento además de otros inconfesables intereses económicos. Si George Bush escogió Iraq no fue porque quisiera eliminar a un malo sino porque era más fácil invadirlo y sojuzgarlo que a Irán o Corea, otros integrantes de su particular "eje del mal". La adhesión palanganera de Blair, Aznar y, no lo olvidemos, de Durao Barroso fue una ominosa vergüenza para Europa, además de un innecesario factor de división. Nada, más allá de lo dicho, justificaba aquella catastrófica invasión cuyas consecuencias seguiremos pagando durante décadas.
Sinceramente pienso que Afganistán es otra historia. Todos estábamos con EEUU tras el 11-S y hubiéramos entendido y apoyado una acción decidida contra talibanes y terroristas de Al Quaeda refugiados en las montañas de Afganistán. Pero, ante las dificultades operativas y, repito, la necesidad de dar un golpe de autoridad sobre el tablero internacional se prefirió acometer la locura de Iraq, dejando Afganistán a medias.Luego se solicitó ayuda internacional para intentar equilibrar al país, y en esas estamos. Creo que son dos casos totalmente diferentes. Y en este sentido, las responsabilidades de Aznar y Zapatero, totalmente distintas.