domingo, agosto 31, 2014

El Ruidoso Sueño Americano Nueva York, WTC: una alegoria escalofriante (y 5)


Las sirenas aúllan, el traqueteo de las obras y el intenso calor hacen crepitar el suelo, la gente grita. Vamos hacia la Zona Cero detrás de unos japoneses con mascarilla para paliar la polución. De repente me ataca por sorpresa mi vieja compañera la rinitis vasomotora, es decir me pongo a estornudar violenta y contumazmente y es como si hubiera disparado una pistola. Los japoneses se dispersan a mi alrededor y me miran aterrorizados mientras se tapan la cara. Por un momento me siento un peligro público  que va a ser reducido por una de esas patrullas de la policía que aparecen en las películas, todos con gafas de sol, esposas en mano y pistola al cinto. Afortunadamente nos dejan seguir nuestro camino, eso sí, los japoneses esperan que nos alejemos para reanudar su marcha…
 

         World Trade Center, me cuesta asumir que décadas atrás estuviéramos allí con nuestros hijos para subir, en inocente actividad turística, a unas torres ahora sustituidas por sendas oquedades en las que el agua de la fuente se precipita al vacío. La alegoría es escalofriante. Estamos en el auténtico corazón de las tinieblas de la maldad humana. Se necesita transitar por la quintaesencia del nihilismo moral para perpetrar semejante barbaridad… Uno se queda anonadado, sin palabras, rememorando inevitablemente aquellas dantescas imágenes de aquel infausto 11 de septiembre que con el Holocausto judío constituye un siniestro monumento a la infamia (a propósito: imprescindible lectura en el verano menorquín, junto con les formigues blaves de Ponç Pons: “Las siete cajas” de Dory Sontheimer”, un testimonio imprescindible). Para no olvidar de lo qué es capaz el ser humano…
 

        También es la zona del poder financiero, Wall Street, donde habitan facinerosos de otra calaña que no tuvieron reparos en arruinar al mundo para satisfacer su codicia. Desde el  lado del Battery Park echo la vista atrás  y veo la cúpula de una pequeña  iglesia, la columnata de la Bolsa y una bandera gay: poder espiritual (no institucional  pero sí insidioso: es más difícil un presidente ateo en  EEUU que el paso de un camello por el ojo de una aguja), poder fáctico ( los Mercados) y poder de las minorías emergentes (capaces de colapsar durante todo un día la ciudad de ciudades).
 

          Pero Nueva York es imaginería cinematográfica, los ecos de Hollywood  reverberan en todos sus rincones. El viajero menorquín no puede sustraerse a ello y enfila el puente de Brooklyn en modesto pero sentido homenaje a uno de sus dos ídolos del cine, Woody Allen (el otro es Charles Chaplin), al que no podemos ir  ver con su clarinete al Hotel Carlyle porque acaba de terminar su temporada de conciertos, ¡porca miseria! Pretendo evocar la mítica escena de “Annie Hall”, cuando el propio Woody y Diane Keaton contemplan desde la orilla de Brooklyn el inigualable sky line de la parte sur de Manhattan,  que aunque sin las míticas Torres Gemelas, muestra ahora con orgullo, casi terminada, la novísima Torre de la Libertad, respuesta de la pujanza y determinación del pueblo norteamericano frente a la barbarie.
 

           El viaje enfila su recta final y seguimos sin  dominar el crucial asunto de las propinas, deficiencia especialmente peligrosa al tomar un taxi. Por más que te empeñes nunca acertarás y será difícil evitar torvas miradas de desaprobación o directamente de desdén mientras pronuncian su inapelable cifra redonda. Otrosí, en los taxis conviene  evitar sentarse al lado del conductor porque el aire acondicionado lo convierte en un igloo, ambiente poco adecuado para el diplomado en estornudos extemporáneos y no te va dar conversación, a lo sumo, algún gruñido.

          Terminamos viaje acudiendo, ¡cómo no!, a Times Square para ver un musical, “Motown” en este caso, un vibrante paseo por la música soul que se queda en un biopic de la enorme figura de Diana Ross y sus Supremes… A la salida, perpleja constatación de la metáfora del Mercado en los aledaños de Times Square: edificios convertidos en anuncio luminoso en un abigarrado mosaico de luces y sonidos, inmensas riadas de gente hablando a solas, conectadas a sus aparatitos, tecleando compulsivamente mientras caminan. Publicidad omnipresente, congéneres interconectados cibernéticamente con la vana ilusión de no estar solos, ruido… Y la furia de los marginados del sistema que aletean en los márgenes… ¿Hasta cuándo?

        Algun dia les mosques agafaran les arañas i les ofegaran en les seves pròpies xarxes.

        Cierro el libro de Ponç y bajo a esperar a que nos vengan a recoger. Lamentablemente  aún no han empezado a desfilar las chicas. Para consolarme, mientras espero reabro el  Rastre blau de les formigues”:

            L’edat no apaga passions, només les impossibilita…

             Luego vienen los retrasos, la noche toledana en el avión, la pérdida del enlace a Menorca, el jet lag y la laboriosa  puesta al día (sobre todo por los periódicos atrasados)… Pero importa poco, hemos regresado y ahora viene lo mejor, rememorar el viaje en la comodidad y seguridad del hogar, poner en orden las notas del viaje, repasar las fotos que han hecho otros (soy también alérgico a observar el mundo a través de una ventanuca).  Y es que como diría Fernando Savater, más que viajeros, los burguesitos somos grandes regresadores.

El ruidoso sueño americano: Nueva York, Sin reglas pero con estilo (4)


Cabalgatas aparte, Nueva York es en este caluroso junio una ciudad en obras, llena de andamios, sucia, con bolsas de basura desparramadas por las aceras, terriblemente ruidosa con una continua sinfonía de cláxones, sirenas de bomberos  (a todas horas, en cualquier lugar, coches de bomberos y ambulancias zumbando, como si fuera una ciudad en ignición permanente) y gritos, intransitable por sus continuos atascos sobre un firme manifiestamente mejorable, el indescriptible agobio de Times Square, donde prácticamente no se pueda dar un paso, aprisionados entre caudalosas riadas  de gente. Pero todo ese pandemónium no hace sino acrecentar la fascinación que siente el viajero por la Gran Manzana, la megápolis por excelencia.
 

        ¡Y qué decir del urbanismo! Sin reglas, sin planes, aquí se construye bajo el lema de a ver quién la tiene más grande… Pero al mismo tiempo nos muestra el genio innovador de sus arquitectos, en especial el precursor Frank Lloyd Wright (Gugghenheim Museum), tan afortunado en diseños como desafortunado en amores (imprescindible su biografia novelada, “Las mujeres” de TC Boyle, Edit. Impedimenta), y  la espectacular siembra de edificios, desde el más antiguo Flatiron hasta el quizá más novedoso  del New Museum of Contemporary Art en el Lower East Side,  de Kazuyo y Ryue, arquitectos japoneses ganadores del codiciado Priztker. Su espectacular estructura de cubos superpuestos y su prácticamente hermética fachada impresionan al viajero curioso.

           No se puede obviar tampoco la elegancia innata de Park Avenue, por donde no transitan autobuses para no incomodar a los potentados que viven allí, las elegantes boutiques de Madison Av, el Hotel Plaza en la 5ª Avenida, donde acaba Central Park, cerca de la mítica joyería Tyffany y la Trump Tower, menos espectacular que su homónima de Chicago, el imprescindible Rockefeller Center lugar ideal para un refrigerio pues el calor empieza a apretar, y la muy cinematográfica  Grand Central Terminal, el edificio beaux arts más significativo de la ciudad y donde, ay, tampoco encontramos periódicos españoles, aunque sí a una anciana con carrito a la que nos empeñamos en ayudar para acabar volcando su pertenencias, lo que nos obliga a un pudoroso mutis por el foro( empiezan a mirarnos mal). También lamentablemente, la espectacular catedral de San Patrick, frente al Rockefeller Center está en obras y nos priva del sugestivo contraste que ofrece con el perfil  de  la espectacular Quinta Avenida.
 

          El encanto europeo de Greenwich Village, con sus minúsculos pero originalísimos locales donde se puede escuchar un dignísimo jazz en vivo por el precio de una consumición, aunque si lo deseas, en alguno de ellos la puedes completar con un magnífico carpaccio y un vino malbec a un precio razonable. Nuestro mejor hallazgo en el Village fue el Art Bar y su rompedor mural de una peculiar “última cena” con Jesús y sus apóstoles sustituidos por Jim Morrison, Salvador Dalí, Andy Varhol, Clak Gable, un antológico James Dean en el papel de San Juan, Marilyn Monroe, Frida Khalo, Richard Nixon, Mick Jagger, naturalmente como Judas Iscariote. No le va a la zaga el Marie’s Crisis donde gays de todo pelaje coquetean y cantan a coro ante un piano mientras la expedición menorquina aparenta degustar un magnífico cóctel (los combinados neoyorquinos son tan excelentes como deplorables sus cafés) mientras echa asombradas miradas de reojo… Curioso también el basket callejero en una cancha rodeada por una valla de tela metálica y conocida como The Cage, donde se pueden presenciar gratuitamente unos espléndidos partidos; el que vemos terminar muestra un tanteo de 107-102, casi nada.
 
 

       
 
 
 
 
Dice Elvira Lindo en su interesante y alternativa guía de Nueva York “Lugares que no quiero compartir con nadie”, que quien no se hace con un barrio en Nueva York es un desgraciado, que es una ciudad demasiado inabarcable como para no tener un bar en la esquina en el que te reconozcan. A pesar de no tener tiempo para entablar amistades, atravesamos una y otra vez el Village para ir a nuestro alucinante hotel donde uno puede ejercer tranquilamente de voyeur de tanta beldad, pero antes pasamos invariablemente por la zona universitaria, y su epicentro de Washinghton Square, antiguo cementerio público y zona de ejecuciones, una plaza con pedigrí político-contestatario, escenario de uno de los más celebrados mítines  de Obama en su carrera presidencial, y de continuas actuaciones de artistas bohemios y universitarios sin blanca.  Hace pocos años estuvo a punto de desaparecer y ser sustituida por un enjambre de autopistas a distintos niveles (¿rotondas?), pero la resistencia civil de sus vecinos lo impidió. Muy curioso (¿kistch?) el Stanford White Arch, una especie de arco del triunfo en su extremo norte… El Village fue nuestro barrio neoyorquino y el Caffe Reggio, en el epicentro de la zona universitaria, el bar emblemático.

            Sóc espiritualment polític i políticamente ateu (Ponç Pons).
 

        Pero estamos ya  en Chelsea, y no buscamos sus míticas galerías de arte sino el Chelsea Market, una antigua fábrica de galletas  rehabilitada y remodelada en un amplísimo espacio comercial donde el viajero sin demasiadas manías puede gozar de una experiencia gastronómica singular que podría titularse “agarra esa langosta y cómetela como puedas”, porque de eso se trata. Uno guarda una pequeña cola, llega a un pequeño mostrador atiborrado de langostas del Maine, señala un par de ellas y  al cabo de unos minutos la tienes lista para consumir…como puedas, normalmente de pie y a trompicones, pero tiene abundante chicha, está sabrosa y su precio es asequible. Nada mejor para digerirla que un relajado paseo por High Line, antigua vía férrea rehabilitada en 2009 como espacio verde y artístico informal.

El ruidoso sueño americano: Nueva York (3) De una misa Gospela a la cabalgata del orgullo Gay

         Reanudo mis notas de viaje el día de San Pedro, domingo, melancólico por las felicísimas  onomásticas de mi infancia, compartidas con mi padre. Hoy la fiesta está en la calle, con el día del Orgullo Gay, pero nuestro día empieza antes. Siguiendo el prontuario del turista convencional hoy toca misa con gospel en Harlem que, al contrario que hace veinticinco años en que te aconsejaban no bajarte del coche, hoy día ofrece un aspecto pacífico, limpio y acogedor, más sosegado que el resto de Manhattan. Desistimos de entrar en la iglesia aconsejada intimidados por una cola de turistas que rodea la manzana sometida a un sol de justicia y  a la vocinglera arenga de un funcionario (¿sacristán?) de la que sólo entiendo que hay varias misas a lo largo del día y que Dios proveerá.



              Y efectivamente Dios provee porque en nuestro decepcionado deambular por Harlem damos con   una pequeña iglesia de barrio, St.Philips, echamos una ojeada a los preparativos y nos dejamos seducir por su aspecto familiar. Esperando el gospel  asistimos a una misa, en la que somos los únicos blancos, muy parecida al rito católico pero que cambia sorprendentemente cuando en los aledaños de nuestro banco surge una voz tan contundente como compungida en lo parece y es una conmovedora confesión pública de pecados. Por un momento temo que nos interpelen al respecto, pero no, se acercan a los despistados turistas para desearnos la paz y hacernos partícipes de su agradecimiento y felicidad por nuestra respetuosa asistencia. You are welcome, nos repiten.

           Pronto resuenan los emotivos himnos de gospel entre palmadas y bailoteos que compartimos con más ganas que maña y cuando vuelve el recogimiento, una señora en silla de ruedas se vuelve hacia el turista-blanco-calvo y, en un inglés apenas inteligible y me pregunta si queremos comulgar y que estaría muy complacida de introducirnos… Como no pretendo incomodar ni caer en la impostura le digo que “no estamos preparados” (we are no ready, igual no me ha entendido), ella parece desistir, pero se vuelve de nuevo con la sonrisa en la boca esperando que haya rectificado mi, para ella, absurda decisión. Le devuelvo la sonrisa, callo y optamos por una retirada estratégica sin levantar la vida en el suelo. Vuelvo a sentirme pecador como en los tiempos en que celebraba las onomásticas de San Pedro, pero aquí tendría que confesarme delante de todos ¡incluida mi mujer!… 
 

               Pero Nueva York es también una feria de contrastes, y al llegar a Central Park para rendir homenaje al memorial John Lennon frente al edificio Dakota donde fue asesinado (el beatle está muy presente en la memoria histórica del neoyorquino y sus visitantes), nos topamos con la macro cabalgata del llamado Orgullo Gay multicolor, extravagante y ruidosa, cuya caravana empieza a estirarse. Logramos evadirnos de este primer encuentro y comer en Columbus Avenue, cerca del imprescindible Lincoln Center, donde tantas veces, en su Metropolitan Opera House ha cantado triunfalmente nuestro admirado Joan Pons, y cuyo complejo es un prodigio arquitectónico que vale la pena recorrer con calma.
 

           No tenemos la misma suerte por la tarde cuando intentamos volver a nuestro hotel del Soho, un moderno y un  tanto alternativo establecimiento donde somos las únicas reliquias del pasado y cuyo  looby entra en efervescencia por la noche con riadas de gente guapa tomando copas, sin que el ruido llegue a los aposentos de los jurásicos huéspedes provenientes de una minúscula isla mediterránea.  Pues acceder al  Soho Gran Hotel se convierte en misión imposible, porque el caos ocasionado por la cabalgata ciega todos los accesos incluso para los peatones. No nos queda otra que observar el estrafalario cortejo de gentes pintarrajeadas y semidesnudas, y así lo hacemos, entre divertidos  por  el insólito espectáculo, un sinfín de carrozas, y molestos por el colapso que  impide el reposo de los viejos guerreros. En España lo hacemos  por procesiones religiosas y en la gran manzana neoyorquina por un desfile de ese poder emergente (económico por lo menos) que es el mundo gay…

         En medio del caos me acuerdo del e-mail que le he enviado  por la mañana a Ponç Pons:

        Llegir-te a Nueva York: una figuera entre gratacels.

        Y es que, cautivo y agotado en medio del caos que es hoy  Greenwich Village daría mi reino por ver una figuera o un ullastre…

sábado, agosto 30, 2014

El Local de Al Capone a ritmo de Jazz (Chicago) (2)


           Ciudad sin periódicos pese al colosal Chicago Tribune cuyo espléndido edificio se asoma al río Chicago. Digo ciudad sin prensa porque no consigo encontrar prensa española pese a mis denodados esfuerzos (el mono se está haciendo más y más intenso mientras pasan los días y a pesar de la tablet que mi santa me prepara por las mañanas como si pusiera una inyección. A su través me entero (y preocupo) por el devenir de las entrañables fiestas de Sant Joan que en la distancia parecen fuera de control, convertidas en un macro botellón…  Pero me falta el papel, no es lo mismo, no es lo mismo, necesito oler los periódicos. ¿Será cierto el presunto tópico de que a los estadounidenses no les interesa nada de lo que pasa fuera de sus fronteras? Desde luego no les interesan los periódicos extranjeros.

                  Pero uno no se puede ir de Chicago sin degustar dos de sus platos fuertes, el Institut of Art, un monumento que fusiona arquitectura clásica y ultramoderna en el que, además de postrarnos ante el “Nighthawks” de Hooper, esa alegoría pictórica  de la insondable soledad del ser humano, nos encontramos con una muestra antológica del surrealista de René Magritte con su cáustico sentido del  humor. A la salida, no está de más un garbeo por el Millenium Park, acurrucado entre los enormes bloques de granito y el lago, donde se puede admirar el Jay Pritzker Pavilion de Frank Ghery, un  bellísimo auditorio al aire libre marca de la casa del creador del Guggenheim Bilbao y, cómo no, la Crown Fountain de Jaume Plensa que proyecta videos mientras los niños chapotean, así como la mayor atracción del parque, The Bean, gigantesca alubia de plata de 110 toneladas, rodeada permanentemente por un hormiguero de admiradores.
 
Y no se puede  soslayar tampoco un paseo por la Magnifcient Mile, en el tramo de Michigan Av que va desde el rio Chicago a Oak Street, porque es una de las calles comerciales más bellas que el turista puede recorrer, y resulta difícil sustraerse a la tentación de comprar unos vaqueros y unos zapatos, mucho más baratos que en España. También es inexcusable subir al bar coctelería de la planta 94 del John Hancock Center: la vista del lago  flanqueado de rascacielos mientras degustas un mojito, es tan inolvidable como sobrecogedora. Y nada mejor para acabar el día que una cena en Gibson’s en la bulliciosa y chic Rush St., donde no hay que dejarse intimidar por los precios de la carta: los platos son enormes y con media ración de su legendario porterhouse (bistec con hueso en forma de T),  es más que suficiente para salir satisfecho y no esquilmado.


 
Se puede completar adecuadamente día y visita a Chicago acudiendo por la noche al local que frecuentaba Al Capone, el Green Mill,  auténtico salón de copas y música con cabinas de cuero y aroma mafioso que se ha mantenido sin cambio alguno a lo largo de las décadas, donde degustamos un cubata de los de antes, con aquella coca-cola (regular coca cola la llaman ellos), sin el regusto dulzón de la coke que nos mandan a nosotros. Un par de horas escuchando un dignísimo jazz  coronan un día movido como casi todos en la dura vida del turista ávido de novedades. 

 
   ¿La seguridad? La ciudad se nos muestra tranquila, acogedora. Sin miradas torvas a  la salida del club de Al Capone, en el extrarradio. Ah! Y nuestra entrada en el país, en el aeropuerto de Chicago, nada aparatosa, sin diferencias con otros aeropuertos around the world. Ni siquiera nuestra tez aceitunada les hace levantar una ceja. Eso sí, sin sonrisas. Go on. 

    

    ¿Y el legendario mal tiempo de Chicago? Pues se dice que hay que estar curtido para sobrevivir al largo invierno de Chicago y también que este no es lugar para pusilánimes. Lo cierto que es un lugar para explorar, porque no tiene típicos lugares turísticos, más allá del río y Millenium Park. Dejarse llevar por la intuición y los propios pasos es una premisa fundamental para el visitante que, previsoramente, evita los rigores invernales por muy acostumbrado que esté  a sus ridículas tramontanadas. Aquí, por lo que cuentan, el viento no sopla, aúlla.

      Les dictadures torturen, les democràcies anestesien.

      Me despido  de Ponç  y apago la luz.

En el corazón de los contrastes: Chicago (1)


En el vuelo  Chicago- Nueva York  y mientras sigo el sugestivo rastro azul  de las hormigas de Ponç Pons,  observo que estoy rodeado de clones enchufados simultáneamente a dos y tres cachivaches electrónicos y que hablan  solos. El que está a mi lado, un joven indio que no debe de llegar a los treinta años, no levanta la vista de su ordenador en todo el viaje (algo más de dos horas), enfrascado en unos complejísimos estudios (las fórmulas matemáticas que atisbo de reojo me hacen revivir viejas pesadillas estudiantiles), sin sentir en ningún momento la necesidad o mera curiosidad antropológica por el ser humano que se sienta a su lado con una antigualla de papel en sus manos. Pero es que tampoco  muestra interés alguno por el cielo que estamos surcando y su ventanilla permanece cerrada a cal y canto hasta que cierta claustrofobia junto con la expectación que siento por atisbar el perfil de Manhattan me llevan a conminarle que abra de una (maldita) vez. Me mira  aturdido como quien despierta de un sueño, abre la escotilla y por fin respiro.
             Som allò que creiem i hi ha persones que no creuen en res.
 Cierro el libro de Ponç y aterrizamos en Nueva York. Pero empecemos por el principio.
 
              Gordos y más gordos, tan incorrectamente estéticos como lo está siendo uno políticamente llamándoles así, sin eufemismos. Los gordos de Chicago lo son con especial denuedo, se les puede ver ingiriendo descomunales pizzas,  helados, y pasteles en cualquier lugar y circunstancia sin el menor pudor. Están en consonancia con el argumento del otro libro que me he traído conmigo de viaje, “Big brother”, de la no menos descomunal escritora Lionel Schriver a quien le cae, de prolongada visita en su casa, un hermano del que se había despedido cinco años atrás con setenta y tres kilos y ahora usufructúa un cuerpo de ciento sesenta y cuatro. Las peripecias de su adaptación a la vida familiar de su hermana son tan desopilantes como desestabilizadoras para el hasta entonces feliz matrimonio (con un pequeño y decisivo detalle eso sí: el marido de la narradora es un fanático de las dietas macrobióticas).
        Gordos y conectados, eso sí, todos con sus andares patizambos pero con auriculares. Sea porque están gordos porque comen demasiado o que comen demasiado porque no les gusta cómo se ven en el espejo, lo cierto es que las calles de Chicago están repletas de estos boteros andantes o serpenteantes, según se mire, que están en consonancia con la magnitud de los edificios de la ciudad, especialmente fascinantes desde el barquito en el que paseamos entre rascacielos por el río Chicago, una excursión absolutamente ineludible. El río, eterno e imperecedero, flanqueado por edificios imponentes, al que observan las joyas de la arquitectura moderna,  perplejas ante el ancestral discurrir de las aguas…
 

         Más contrastes: raperos en la calle y una tienda de vinilos ( Jazz Record Mart, 27 Illinois St) suspendida en el etéreo espacio de aquellos años sesenta de nueva música, hábitos renovados y revoluciones que quedarían pendientes para otra vida en otra galaxia. Vinilos por todos los rincones, demasiado frágiles para transportar en avión. Pido ayuda al dueño que, en su cubículo y con indumentaria filo hippie, parece un náufrago (de otra época) en una almadía de microsurcos. Me llevo  un  cedé de Eearl Bostic, un maestro del saxo tenor, y otro con una selección de blues  de Chicago y me hago cruces por la pervivencia de negocios con tanta personalidad en un mundo de no-lugares miméticos e intercambiables.
         Nos vamos esquilmados por las locas facturas de los restaurantes en los que no conseguimos privarnos de un vino de garrafa que nos cobran como si fuera un gran reserva. Sólo salimos relativamente bien parados del Giordano’s tras deglutir dificultosamente su plato nacional, una pizza más gruesa que una coca amb oli i sucre y rellena de un engrudo de verduras y carne rebosante de queso fundido. Echamos mano de nuestra reserva de omeprazol, pero nos sentimos partícipes de la vida y gastronomía del lugar rodeados de lugareños y turistas que guardan religiosamente la cola para hacerse con una de las preciadas mesas (y digo “religiosamente” en sentido literal: abstenerse latinos astutos de intentar colarse, pueden perecer en el intento).
 
         Encontramos la Abraham Lincoln Book Shop en Chicago Av West, una librería histórica tipo museo con toda la documentación habida y por haber sobre Lincoln y sus generales y en la que puede adquirirse una firma auténtica de don Abraham en un memorándum, por el módico precio de 28.000 dólares. Nos atienden con tanta amabilidad que casi nos sentamos con el anticuario que la dirige para charlar…de fútbol, o soccer como le llaman allí y por el que demuestra un interés desmesurado teñido de sincera condolencia por el fracaso de España. El recurso del fútbol me va bien porque me cuesta mucho entender el inglés americano, no sé gran cosa de Lincoln y hubiera quedado en evidencia,  como el convencional turista de guía que soy y no el profesor español de historia que puede haber llegado a pensar…

              Y hablando de fútbol, sorprende la pasión con que siguen el Mundial: bares con pantallas gigantes llenos hasta la bandera de un público apasionado con su selección, que mientras estamos en Chicago se mantiene firme en la competición.  Abrevamos en alguna barra con mirada melancólica, la eliminación de España le ha quitado alicientes y, mientras observo las paradas de Tim Howard, todo un héroe nacional, pienso en lo que pudo haber sido y no fue más por motivos azarosos que de ciencia futbolística, ay si Silva hubiera marcado el 2-0 ante Holanda en lugar de hacer un brindis a la frivolidad… Y es que el fútbol es, entre otras cosas, un estado de ánimo y el del culé viajero no está este año para tirar cohetes.