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domingo, agosto 31, 2014

El Ruidoso Sueño Americano Nueva York, WTC: una alegoria escalofriante (y 5)


Las sirenas aúllan, el traqueteo de las obras y el intenso calor hacen crepitar el suelo, la gente grita. Vamos hacia la Zona Cero detrás de unos japoneses con mascarilla para paliar la polución. De repente me ataca por sorpresa mi vieja compañera la rinitis vasomotora, es decir me pongo a estornudar violenta y contumazmente y es como si hubiera disparado una pistola. Los japoneses se dispersan a mi alrededor y me miran aterrorizados mientras se tapan la cara. Por un momento me siento un peligro público  que va a ser reducido por una de esas patrullas de la policía que aparecen en las películas, todos con gafas de sol, esposas en mano y pistola al cinto. Afortunadamente nos dejan seguir nuestro camino, eso sí, los japoneses esperan que nos alejemos para reanudar su marcha…
 

         World Trade Center, me cuesta asumir que décadas atrás estuviéramos allí con nuestros hijos para subir, en inocente actividad turística, a unas torres ahora sustituidas por sendas oquedades en las que el agua de la fuente se precipita al vacío. La alegoría es escalofriante. Estamos en el auténtico corazón de las tinieblas de la maldad humana. Se necesita transitar por la quintaesencia del nihilismo moral para perpetrar semejante barbaridad… Uno se queda anonadado, sin palabras, rememorando inevitablemente aquellas dantescas imágenes de aquel infausto 11 de septiembre que con el Holocausto judío constituye un siniestro monumento a la infamia (a propósito: imprescindible lectura en el verano menorquín, junto con les formigues blaves de Ponç Pons: “Las siete cajas” de Dory Sontheimer”, un testimonio imprescindible). Para no olvidar de lo qué es capaz el ser humano…
 

        También es la zona del poder financiero, Wall Street, donde habitan facinerosos de otra calaña que no tuvieron reparos en arruinar al mundo para satisfacer su codicia. Desde el  lado del Battery Park echo la vista atrás  y veo la cúpula de una pequeña  iglesia, la columnata de la Bolsa y una bandera gay: poder espiritual (no institucional  pero sí insidioso: es más difícil un presidente ateo en  EEUU que el paso de un camello por el ojo de una aguja), poder fáctico ( los Mercados) y poder de las minorías emergentes (capaces de colapsar durante todo un día la ciudad de ciudades).
 

          Pero Nueva York es imaginería cinematográfica, los ecos de Hollywood  reverberan en todos sus rincones. El viajero menorquín no puede sustraerse a ello y enfila el puente de Brooklyn en modesto pero sentido homenaje a uno de sus dos ídolos del cine, Woody Allen (el otro es Charles Chaplin), al que no podemos ir  ver con su clarinete al Hotel Carlyle porque acaba de terminar su temporada de conciertos, ¡porca miseria! Pretendo evocar la mítica escena de “Annie Hall”, cuando el propio Woody y Diane Keaton contemplan desde la orilla de Brooklyn el inigualable sky line de la parte sur de Manhattan,  que aunque sin las míticas Torres Gemelas, muestra ahora con orgullo, casi terminada, la novísima Torre de la Libertad, respuesta de la pujanza y determinación del pueblo norteamericano frente a la barbarie.
 

           El viaje enfila su recta final y seguimos sin  dominar el crucial asunto de las propinas, deficiencia especialmente peligrosa al tomar un taxi. Por más que te empeñes nunca acertarás y será difícil evitar torvas miradas de desaprobación o directamente de desdén mientras pronuncian su inapelable cifra redonda. Otrosí, en los taxis conviene  evitar sentarse al lado del conductor porque el aire acondicionado lo convierte en un igloo, ambiente poco adecuado para el diplomado en estornudos extemporáneos y no te va dar conversación, a lo sumo, algún gruñido.

          Terminamos viaje acudiendo, ¡cómo no!, a Times Square para ver un musical, “Motown” en este caso, un vibrante paseo por la música soul que se queda en un biopic de la enorme figura de Diana Ross y sus Supremes… A la salida, perpleja constatación de la metáfora del Mercado en los aledaños de Times Square: edificios convertidos en anuncio luminoso en un abigarrado mosaico de luces y sonidos, inmensas riadas de gente hablando a solas, conectadas a sus aparatitos, tecleando compulsivamente mientras caminan. Publicidad omnipresente, congéneres interconectados cibernéticamente con la vana ilusión de no estar solos, ruido… Y la furia de los marginados del sistema que aletean en los márgenes… ¿Hasta cuándo?

        Algun dia les mosques agafaran les arañas i les ofegaran en les seves pròpies xarxes.

        Cierro el libro de Ponç y bajo a esperar a que nos vengan a recoger. Lamentablemente  aún no han empezado a desfilar las chicas. Para consolarme, mientras espero reabro el  “Rastre blau de les formigues”:

            L’edat no apaga passions, només les impossibilita…

             Luego vienen los retrasos, la noche toledana en el avión, la pérdida del enlace a Menorca, el jet lag y la laboriosa  puesta al día (sobre todo por los periódicos atrasados)… Pero importa poco, hemos regresado y ahora viene lo mejor, rememorar el viaje en la comodidad y seguridad del hogar, poner en orden las notas del viaje, repasar las fotos que han hecho otros (soy también alérgico a observar el mundo a través de una ventanuca).  Y es que como diría Fernando Savater, más que viajeros, los burguesitos somos grandes regresadores.

El ruidoso sueño americano: Nueva York, Sin reglas pero con estilo (4)


Cabalgatas aparte, Nueva York es en este caluroso junio una ciudad en obras, llena de andamios, sucia, con bolsas de basura desparramadas por las aceras, terriblemente ruidosa con una continua sinfonía de cláxones, sirenas de bomberos  (a todas horas, en cualquier lugar, coches de bomberos y ambulancias zumbando, como si fuera una ciudad en ignición permanente) y gritos, intransitable por sus continuos atascos sobre un firme manifiestamente mejorable, el indescriptible agobio de Times Square, donde prácticamente no se pueda dar un paso, aprisionados entre caudalosas riadas  de gente. Pero todo ese pandemónium no hace sino acrecentar la fascinación que siente el viajero por la Gran Manzana, la megápolis por excelencia.
 

        ¡Y qué decir del urbanismo! Sin reglas, sin planes, aquí se construye bajo el lema de a ver quién la tiene más grande… Pero al mismo tiempo nos muestra el genio innovador de sus arquitectos, en especial el precursor Frank Lloyd Wright (Gugghenheim Museum), tan afortunado en diseños como desafortunado en amores (imprescindible su biografia novelada, “Las mujeres” de TC Boyle, Edit. Impedimenta), y  la espectacular siembra de edificios, desde el más antiguo Flatiron hasta el quizá más novedoso  del New Museum of Contemporary Art en el Lower East Side,  de Kazuyo y Ryue, arquitectos japoneses ganadores del codiciado Priztker. Su espectacular estructura de cubos superpuestos y su prácticamente hermética fachada impresionan al viajero curioso.

           No se puede obviar tampoco la elegancia innata de Park Avenue, por donde no transitan autobuses para no incomodar a los potentados que viven allí, las elegantes boutiques de Madison Av, el Hotel Plaza en la 5ª Avenida, donde acaba Central Park, cerca de la mítica joyería Tyffany y la Trump Tower, menos espectacular que su homónima de Chicago, el imprescindible Rockefeller Center lugar ideal para un refrigerio pues el calor empieza a apretar, y la muy cinematográfica  Grand Central Terminal, el edificio beaux arts más significativo de la ciudad y donde, ay, tampoco encontramos periódicos españoles, aunque sí a una anciana con carrito a la que nos empeñamos en ayudar para acabar volcando su pertenencias, lo que nos obliga a un pudoroso mutis por el foro( empiezan a mirarnos mal). También lamentablemente, la espectacular catedral de San Patrick, frente al Rockefeller Center está en obras y nos priva del sugestivo contraste que ofrece con el perfil  de  la espectacular Quinta Avenida.
 

          El encanto europeo de Greenwich Village, con sus minúsculos pero originalísimos locales donde se puede escuchar un dignísimo jazz en vivo por el precio de una consumición, aunque si lo deseas, en alguno de ellos la puedes completar con un magnífico carpaccio y un vino malbec a un precio razonable. Nuestro mejor hallazgo en el Village fue el Art Bar y su rompedor mural de una peculiar “última cena” con Jesús y sus apóstoles sustituidos por Jim Morrison, Salvador Dalí, Andy Varhol, Clak Gable, un antológico James Dean en el papel de San Juan, Marilyn Monroe, Frida Khalo, Richard Nixon, Mick Jagger, naturalmente como Judas Iscariote. No le va a la zaga el Marie’s Crisis donde gays de todo pelaje coquetean y cantan a coro ante un piano mientras la expedición menorquina aparenta degustar un magnífico cóctel (los combinados neoyorquinos son tan excelentes como deplorables sus cafés) mientras echa asombradas miradas de reojo… Curioso también el basket callejero en una cancha rodeada por una valla de tela metálica y conocida como The Cage, donde se pueden presenciar gratuitamente unos espléndidos partidos; el que vemos terminar muestra un tanteo de 107-102, casi nada.
 
 

       
 
 
 
 
Dice Elvira Lindo en su interesante y alternativa guía de Nueva York “Lugares que no quiero compartir con nadie”, que quien no se hace con un barrio en Nueva York es un desgraciado, que es una ciudad demasiado inabarcable como para no tener un bar en la esquina en el que te reconozcan. A pesar de no tener tiempo para entablar amistades, atravesamos una y otra vez el Village para ir a nuestro alucinante hotel donde uno puede ejercer tranquilamente de voyeur de tanta beldad, pero antes pasamos invariablemente por la zona universitaria, y su epicentro de Washinghton Square, antiguo cementerio público y zona de ejecuciones, una plaza con pedigrí político-contestatario, escenario de uno de los más celebrados mítines  de Obama en su carrera presidencial, y de continuas actuaciones de artistas bohemios y universitarios sin blanca.  Hace pocos años estuvo a punto de desaparecer y ser sustituida por un enjambre de autopistas a distintos niveles (¿rotondas?), pero la resistencia civil de sus vecinos lo impidió. Muy curioso (¿kistch?) el Stanford White Arch, una especie de arco del triunfo en su extremo norte… El Village fue nuestro barrio neoyorquino y el Caffe Reggio, en el epicentro de la zona universitaria, el bar emblemático.

            Sóc espiritualment polític i políticamente ateu (Ponç Pons).
 

        Pero estamos ya  en Chelsea, y no buscamos sus míticas galerías de arte sino el Chelsea Market, una antigua fábrica de galletas  rehabilitada y remodelada en un amplísimo espacio comercial donde el viajero sin demasiadas manías puede gozar de una experiencia gastronómica singular que podría titularse “agarra esa langosta y cómetela como puedas”, porque de eso se trata. Uno guarda una pequeña cola, llega a un pequeño mostrador atiborrado de langostas del Maine, señala un par de ellas y  al cabo de unos minutos la tienes lista para consumir…como puedas, normalmente de pie y a trompicones, pero tiene abundante chicha, está sabrosa y su precio es asequible. Nada mejor para digerirla que un relajado paseo por High Line, antigua vía férrea rehabilitada en 2009 como espacio verde y artístico informal.

El ruidoso sueño americano: Nueva York (3) De una misa Gospela a la cabalgata del orgullo Gay

         Reanudo mis notas de viaje el día de San Pedro, domingo, melancólico por las felicísimas  onomásticas de mi infancia, compartidas con mi padre. Hoy la fiesta está en la calle, con el día del Orgullo Gay, pero nuestro día empieza antes. Siguiendo el prontuario del turista convencional hoy toca misa con gospel en Harlem que, al contrario que hace veinticinco años en que te aconsejaban no bajarte del coche, hoy día ofrece un aspecto pacífico, limpio y acogedor, más sosegado que el resto de Manhattan. Desistimos de entrar en la iglesia aconsejada intimidados por una cola de turistas que rodea la manzana sometida a un sol de justicia y  a la vocinglera arenga de un funcionario (¿sacristán?) de la que sólo entiendo que hay varias misas a lo largo del día y que Dios proveerá.



              Y efectivamente Dios provee porque en nuestro decepcionado deambular por Harlem damos con   una pequeña iglesia de barrio, St.Philips, echamos una ojeada a los preparativos y nos dejamos seducir por su aspecto familiar. Esperando el gospel  asistimos a una misa, en la que somos los únicos blancos, muy parecida al rito católico pero que cambia sorprendentemente cuando en los aledaños de nuestro banco surge una voz tan contundente como compungida en lo parece y es una conmovedora confesión pública de pecados. Por un momento temo que nos interpelen al respecto, pero no, se acercan a los despistados turistas para desearnos la paz y hacernos partícipes de su agradecimiento y felicidad por nuestra respetuosa asistencia. You are welcome, nos repiten.

           Pronto resuenan los emotivos himnos de gospel entre palmadas y bailoteos que compartimos con más ganas que maña y cuando vuelve el recogimiento, una señora en silla de ruedas se vuelve hacia el turista-blanco-calvo y, en un inglés apenas inteligible y me pregunta si queremos comulgar y que estaría muy complacida de introducirnos… Como no pretendo incomodar ni caer en la impostura le digo que “no estamos preparados” (we are no ready, igual no me ha entendido), ella parece desistir, pero se vuelve de nuevo con la sonrisa en la boca esperando que haya rectificado mi, para ella, absurda decisión. Le devuelvo la sonrisa, callo y optamos por una retirada estratégica sin levantar la vida en el suelo. Vuelvo a sentirme pecador como en los tiempos en que celebraba las onomásticas de San Pedro, pero aquí tendría que confesarme delante de todos ¡incluida mi mujer!… 
 

               Pero Nueva York es también una feria de contrastes, y al llegar a Central Park para rendir homenaje al memorial John Lennon frente al edificio Dakota donde fue asesinado (el beatle está muy presente en la memoria histórica del neoyorquino y sus visitantes), nos topamos con la macro cabalgata del llamado Orgullo Gay multicolor, extravagante y ruidosa, cuya caravana empieza a estirarse. Logramos evadirnos de este primer encuentro y comer en Columbus Avenue, cerca del imprescindible Lincoln Center, donde tantas veces, en su Metropolitan Opera House ha cantado triunfalmente nuestro admirado Joan Pons, y cuyo complejo es un prodigio arquitectónico que vale la pena recorrer con calma.
 

           No tenemos la misma suerte por la tarde cuando intentamos volver a nuestro hotel del Soho, un moderno y un  tanto alternativo establecimiento donde somos las únicas reliquias del pasado y cuyo  looby entra en efervescencia por la noche con riadas de gente guapa tomando copas, sin que el ruido llegue a los aposentos de los jurásicos huéspedes provenientes de una minúscula isla mediterránea.  Pues acceder al  Soho Gran Hotel se convierte en misión imposible, porque el caos ocasionado por la cabalgata ciega todos los accesos incluso para los peatones. No nos queda otra que observar el estrafalario cortejo de gentes pintarrajeadas y semidesnudas, y así lo hacemos, entre divertidos  por  el insólito espectáculo, un sinfín de carrozas, y molestos por el colapso que  impide el reposo de los viejos guerreros. En España lo hacemos  por procesiones religiosas y en la gran manzana neoyorquina por un desfile de ese poder emergente (económico por lo menos) que es el mundo gay…

         En medio del caos me acuerdo del e-mail que le he enviado  por la mañana a Ponç Pons:

        Llegir-te a Nueva York: una figuera entre gratacels.

        Y es que, cautivo y agotado en medio del caos que es hoy  Greenwich Village daría mi reino por ver una figuera o un ullastre…

sábado, agosto 30, 2014

El Local de Al Capone a ritmo de Jazz (Chicago) (2)


           Ciudad sin periódicos pese al colosal Chicago Tribune cuyo espléndido edificio se asoma al río Chicago. Digo ciudad sin prensa porque no consigo encontrar prensa española pese a mis denodados esfuerzos (el mono se está haciendo más y más intenso mientras pasan los días y a pesar de la tablet que mi santa me prepara por las mañanas como si pusiera una inyección. A su través me entero (y preocupo) por el devenir de las entrañables fiestas de Sant Joan que en la distancia parecen fuera de control, convertidas en un macro botellón…  Pero me falta el papel, no es lo mismo, no es lo mismo, necesito oler los periódicos. ¿Será cierto el presunto tópico de que a los estadounidenses no les interesa nada de lo que pasa fuera de sus fronteras? Desde luego no les interesan los periódicos extranjeros.

                  Pero uno no se puede ir de Chicago sin degustar dos de sus platos fuertes, el Institut of Art, un monumento que fusiona arquitectura clásica y ultramoderna en el que, además de postrarnos ante el “Nighthawks” de Hooper, esa alegoría pictórica  de la insondable soledad del ser humano, nos encontramos con una muestra antológica del surrealista de René Magritte con su cáustico sentido del  humor. A la salida, no está de más un garbeo por el Millenium Park, acurrucado entre los enormes bloques de granito y el lago, donde se puede admirar el Jay Pritzker Pavilion de Frank Ghery, un  bellísimo auditorio al aire libre marca de la casa del creador del Guggenheim Bilbao y, cómo no, la Crown Fountain de Jaume Plensa que proyecta videos mientras los niños chapotean, así como la mayor atracción del parque, The Bean, gigantesca alubia de plata de 110 toneladas, rodeada permanentemente por un hormiguero de admiradores.
 
Y no se puede  soslayar tampoco un paseo por la Magnifcient Mile, en el tramo de Michigan Av que va desde el rio Chicago a Oak Street, porque es una de las calles comerciales más bellas que el turista puede recorrer, y resulta difícil sustraerse a la tentación de comprar unos vaqueros y unos zapatos, mucho más baratos que en España. También es inexcusable subir al bar coctelería de la planta 94 del John Hancock Center: la vista del lago  flanqueado de rascacielos mientras degustas un mojito, es tan inolvidable como sobrecogedora. Y nada mejor para acabar el día que una cena en Gibson’s en la bulliciosa y chic Rush St., donde no hay que dejarse intimidar por los precios de la carta: los platos son enormes y con media ración de su legendario porterhouse (bistec con hueso en forma de T),  es más que suficiente para salir satisfecho y no esquilmado.


 
Se puede completar adecuadamente día y visita a Chicago acudiendo por la noche al local que frecuentaba Al Capone, el Green Mill,  auténtico salón de copas y música con cabinas de cuero y aroma mafioso que se ha mantenido sin cambio alguno a lo largo de las décadas, donde degustamos un cubata de los de antes, con aquella coca-cola (regular coca cola la llaman ellos), sin el regusto dulzón de la coke que nos mandan a nosotros. Un par de horas escuchando un dignísimo jazz  coronan un día movido como casi todos en la dura vida del turista ávido de novedades. 

 
   ¿La seguridad? La ciudad se nos muestra tranquila, acogedora. Sin miradas torvas a  la salida del club de Al Capone, en el extrarradio. Ah! Y nuestra entrada en el país, en el aeropuerto de Chicago, nada aparatosa, sin diferencias con otros aeropuertos around the world. Ni siquiera nuestra tez aceitunada les hace levantar una ceja. Eso sí, sin sonrisas. Go on. 

    

    ¿Y el legendario mal tiempo de Chicago? Pues se dice que hay que estar curtido para sobrevivir al largo invierno de Chicago y también que este no es lugar para pusilánimes. Lo cierto que es un lugar para explorar, porque no tiene típicos lugares turísticos, más allá del río y Millenium Park. Dejarse llevar por la intuición y los propios pasos es una premisa fundamental para el visitante que, previsoramente, evita los rigores invernales por muy acostumbrado que esté  a sus ridículas tramontanadas. Aquí, por lo que cuentan, el viento no sopla, aúlla.

      Les dictadures torturen, les democràcies anestesien.

      Me despido  de Ponç  y apago la luz.

En el corazón de los contrastes: Chicago (1)


En el vuelo  Chicago- Nueva York  y mientras sigo el sugestivo rastro azul  de las hormigas de Ponç Pons,  observo que estoy rodeado de clones enchufados simultáneamente a dos y tres cachivaches electrónicos y que hablan  solos. El que está a mi lado, un joven indio que no debe de llegar a los treinta años, no levanta la vista de su ordenador en todo el viaje (algo más de dos horas), enfrascado en unos complejísimos estudios (las fórmulas matemáticas que atisbo de reojo me hacen revivir viejas pesadillas estudiantiles), sin sentir en ningún momento la necesidad o mera curiosidad antropológica por el ser humano que se sienta a su lado con una antigualla de papel en sus manos. Pero es que tampoco  muestra interés alguno por el cielo que estamos surcando y su ventanilla permanece cerrada a cal y canto hasta que cierta claustrofobia junto con la expectación que siento por atisbar el perfil de Manhattan me llevan a conminarle que abra de una (maldita) vez. Me mira  aturdido como quien despierta de un sueño, abre la escotilla y por fin respiro.
             Som allò que creiem i hi ha persones que no creuen en res.
 Cierro el libro de Ponç y aterrizamos en Nueva York. Pero empecemos por el principio.
 
              Gordos y más gordos, tan incorrectamente estéticos como lo está siendo uno políticamente llamándoles así, sin eufemismos. Los gordos de Chicago lo son con especial denuedo, se les puede ver ingiriendo descomunales pizzas,  helados, y pasteles en cualquier lugar y circunstancia sin el menor pudor. Están en consonancia con el argumento del otro libro que me he traído conmigo de viaje, “Big brother”, de la no menos descomunal escritora Lionel Schriver a quien le cae, de prolongada visita en su casa, un hermano del que se había despedido cinco años atrás con setenta y tres kilos y ahora usufructúa un cuerpo de ciento sesenta y cuatro. Las peripecias de su adaptación a la vida familiar de su hermana son tan desopilantes como desestabilizadoras para el hasta entonces feliz matrimonio (con un pequeño y decisivo detalle eso sí: el marido de la narradora es un fanático de las dietas macrobióticas).
        Gordos y conectados, eso sí, todos con sus andares patizambos pero con auriculares. Sea porque están gordos porque comen demasiado o que comen demasiado porque no les gusta cómo se ven en el espejo, lo cierto es que las calles de Chicago están repletas de estos boteros andantes o serpenteantes, según se mire, que están en consonancia con la magnitud de los edificios de la ciudad, especialmente fascinantes desde el barquito en el que paseamos entre rascacielos por el río Chicago, una excursión absolutamente ineludible. El río, eterno e imperecedero, flanqueado por edificios imponentes, al que observan las joyas de la arquitectura moderna,  perplejas ante el ancestral discurrir de las aguas…
 

         Más contrastes: raperos en la calle y una tienda de vinilos ( Jazz Record Mart, 27 Illinois St) suspendida en el etéreo espacio de aquellos años sesenta de nueva música, hábitos renovados y revoluciones que quedarían pendientes para otra vida en otra galaxia. Vinilos por todos los rincones, demasiado frágiles para transportar en avión. Pido ayuda al dueño que, en su cubículo y con indumentaria filo hippie, parece un náufrago (de otra época) en una almadía de microsurcos. Me llevo  un  cedé de Eearl Bostic, un maestro del saxo tenor, y otro con una selección de blues  de Chicago y me hago cruces por la pervivencia de negocios con tanta personalidad en un mundo de no-lugares miméticos e intercambiables.
         Nos vamos esquilmados por las locas facturas de los restaurantes en los que no conseguimos privarnos de un vino de garrafa que nos cobran como si fuera un gran reserva. Sólo salimos relativamente bien parados del Giordano’s tras deglutir dificultosamente su plato nacional, una pizza más gruesa que una coca amb oli i sucre y rellena de un engrudo de verduras y carne rebosante de queso fundido. Echamos mano de nuestra reserva de omeprazol, pero nos sentimos partícipes de la vida y gastronomía del lugar rodeados de lugareños y turistas que guardan religiosamente la cola para hacerse con una de las preciadas mesas (y digo “religiosamente” en sentido literal: abstenerse latinos astutos de intentar colarse, pueden perecer en el intento).
 
         Encontramos la Abraham Lincoln Book Shop en Chicago Av West, una librería histórica tipo museo con toda la documentación habida y por haber sobre Lincoln y sus generales y en la que puede adquirirse una firma auténtica de don Abraham en un memorándum, por el módico precio de 28.000 dólares. Nos atienden con tanta amabilidad que casi nos sentamos con el anticuario que la dirige para charlar…de fútbol, o soccer como le llaman allí y por el que demuestra un interés desmesurado teñido de sincera condolencia por el fracaso de España. El recurso del fútbol me va bien porque me cuesta mucho entender el inglés americano, no sé gran cosa de Lincoln y hubiera quedado en evidencia,  como el convencional turista de guía que soy y no el profesor español de historia que puede haber llegado a pensar…

              Y hablando de fútbol, sorprende la pasión con que siguen el Mundial: bares con pantallas gigantes llenos hasta la bandera de un público apasionado con su selección, que mientras estamos en Chicago se mantiene firme en la competición.  Abrevamos en alguna barra con mirada melancólica, la eliminación de España le ha quitado alicientes y, mientras observo las paradas de Tim Howard, todo un héroe nacional, pienso en lo que pudo haber sido y no fue más por motivos azarosos que de ciencia futbolística, ay si Silva hubiera marcado el 2-0 ante Holanda en lugar de hacer un brindis a la frivolidad… Y es que el fútbol es, entre otras cosas, un estado de ánimo y el del culé viajero no está este año para tirar cohetes.

viernes, noviembre 05, 2010

Una de lagos

Publicado en "Diario Menorca" el sábado 6 y domingo 7 noviembre

A Nito Marí y familia, con la esperanza de compartir emociones viajeras.

Lugano

Los controladores atacan de nuevo, esta vez en Francia, cuyo territorio tenemos que sobrevolar para ir a Milán, primera etapa de nuestro periplo-homenaje a las fiestas de Gracia-desde-la-distancia. Lando, en el embarque nos pone sobre aviso: “Acaban de suspender un vuelo a Venecia”, nos asesta, pero embarcamos para Madrid, tras despedirnos con un enigmático pero esperanzador “igual hay suerte”. Le felicito porque Tronya y Allen no le molestarán durante cinco días (Lando es mi sufrido vecino desde hace treinta años).
Ya en el avión con destino a Milán, con sólo media hora de retraso, el comandante nos sigue acojonando, dice que “hay problemas” y que a lo peor nos desembarca para un delay de tres o cuatro horas… Finalmente despegamos con sólo hora y media de retraso (¡bendito sea, por lo menos salimos!) y llegamos a Milán/ Malpensa sin más sobresaltos que la tensa espera de las maletas en uno de los aeropuertos más acreditados del mundo en extravío de equipajes, y los propios de llegar ya apenas sin la luz diurna que deseábamos para circular con más relajación.
Tras sortear algunas dificultades técnicas en el vehículo de alquiler-se enciende el motor apretando un botón camuflado-, encaramos el camino de Lugano, primera etapa de nuestro viaje, tras congratularnos de nuestra increíble suerte. Salió el avión, llegaron las maletas y el coche nos esperaba en su aparcamiento. Ahora es la ciudad suizo-italiana la que nos recibe para cumplimentar el factor literario (el viaje lo había originado la lectura de un artículo de Félix de Azúa en el que hablaba del interés de una ciudad con el orden suizo, la disbauxa italiana y el lujo global).
La riqueza la advierte uno nada más llegar al hotel y aparcar el utilitario de alquiler entre lamborghinis, ferraris y masseratis, a los que dirigimos una displicente mirada. Realmente, nunca me han emocionado los coches y se me ocurren mil viajes en que gastar el dinero, si lo tuviera, para darme uno de esos lujos, que no es el caso. Por ejemplo, una noche en el hotel Príncipe Leopoldo, que sí nos permitimos aunque sea para cenar en una atalaya desde la que se observa la fastuosa belleza de Lugano y su lago, abrupto, colosal, como un espejo suspendido entre montañas.
La mañana siguiente nos acoge un cielo aterradoramente encapotado, amenazador hasta el sarcasmo (¿No queríais lujo? ¡Os vais a enterar!). Afortunadamente conseguimos aprovechar un par de horas antes del diluvio y pudimos hacernos una idea de la ciudad, señorial pero acogedora, con su espléndido paseo de tilos al borde del lago, en el que no es difícil imaginarse a los engominados conductores de coches de diseño luciendo melena al viento al lado de mujeres de bandera en las noches de un estío que hoy parece lejano pese a halarnos en los primeros días de septiembre. Nos vamos, casi de estampida, entre lanzas de agua que vienen de un cielo tan sobrecogedor como el propio lago, una especie de fiera domada por el hombre a la que apenas te atreves a acariciar, tal es su belleza y majestuosidad. Volveremos a Lugano, lo sé, quiero verlo bañado por el sol, recorrer su lago, besar sus aguas.

Orta

Dejamos atrás la cortina de agua que tamiza la visión-soberbia, aún con ella- del lago de Lugano y su fiel infantería de coches fantásticos, para dirigirnos a lo que promete ser menos glamuroso, pero muy sugerente por la vía bucólica: el lago de Orta y especialmente su villa más emblemática, Orta San Giulio.
Como presagio de la beatitud que nos espera, el sol no deja de acompañarnos en todo el trayecto, de apenas hora y media (la dosis diaria recomendable de coche), hasta divisar los primeros retazos del paisaje ortiano, mucho más suaves, amables, menos imponentes que el de Lugano. Damos enseguida con el hotel La Bussola, tan familiar (lo llevan padres, hijo y un enorme perro que dormita en la entrada), modesto, que parece fundido con la austeridad de Orta en contraposición al lujurioso tren de vida de Lugano. Instalado en una colina de la península que se adentra en el lago, desde sus ventanales se divisa la singular Isola de San Giulio, auténtica perla del lago que recuerda muy mucho a la isla central del fiordo de Kotor en Montenegro (ver el libro Inventario de perplejidades). La isola es la auténtica perla del pequeño lago, lo que le confiere especial encanto, y el edificio que la domina es un monasterio de monjas, aunque coexiste con las viviendas de los propietarios. Es una delicia recorrer la única calle que circunda la isla, con paredes milenarias de cuyas ranuras llenas brota el musgo.
Orta de San Giulio es un pintoresco (en esta ocasión no es un tópico) pueblecito en el extremo de la península. Antes de afrontar sus empinadas callejuelas es muy aconsejable bordear la península a la vera del lago, siguiendo la señalizada passegiata hasta llegar a San Giulio. Encontrarse en una tarde veraniega en la plaza Motta, frente a la isola confiere una impagable sensación de paz y relajación, en plena armonía con una naturaleza tan austera como escasamente modificada por el hombre. El Palazzo Comunale con su planta baja abierta, donde se reunían los delegados del obispo de Novara, de quien dependía la población, es el edificio más emblemático de una plaza con algún bucólico restaurante sobre las aguas del lago, enfrente de la isla.
En la calle Salita della Motta, más bien una especie de plaza alargada en cuesta, aparecen algunos edificios imponentes como el palacio De Fortis, el Ubertini, la casa dei Nani (casa de los enanos), cuya construcción data del siglo XIV, balcones y cancelas de hierro forjado, bares y tiendas coquetones, pero sobre todo, una cadencia, un ritmo de vida tan pausado que todo el complejo, aguas, callejuelas, isla parece suspendido en el aire, como un paisaje levitante.

Aosta

Antes de dirigirnos a Aosta hacemos escala en Arona en pleno Lago Maggiore que, a pesar de su nombre, no es el más extenso de los lagos italianos, honor que corresponde al de Garda, más al este, cerca de Verona y del guardo un recuerdo imperecedero por sus contrastes paisajísticos, desde el suave y turístico sur hasta el norte escarpado y montañoso que termina en Trento, hermosa ciudad alpina a pesar de sus connotaciones eclesiástico-represivas.
Paseamos por la extraordinaria ribera urbana de Arona y también por la muy chic Vía Cavour, calle peatonal llena de tiendas al más puro estilo italiano, pero pronto nos adentramos en el hermosísimo Valle de Aosta con el Mont Blanc al fondo, un angosto pasadizo entre montañas, festoneado de albergues y chalés de recreo, paisajes que bien poco tienen que ver con los que están acostumbrado los prófugos de las fiestas de Gracia.
Aosta, ciudad a la que nos dirigíamos sin prejuicios, sólo como estación de descanso antes de Annecy, sorprende e impacta -dirían los guays-, por su escrupulosa conservación de los innumerables restos romanos, murallas, anfiteatros, portalones, combinado con callejuelas cul de sac típicamente árabes. Comemos, ya a punto del gong de los implacables horarios de estos lares, en un viejo albergue junto a uno de esos soportales romanos un magnífico guiso aostiano de carne al vino con polenta. De fumar después del cafelito ni hablemos: misión imposible.
Sorpresa mayúscula al pretender gozar de Aosta la nuit (el fosquet, más bien): del bullicio de apenas un par de horas antes no queda nada. La ciudad parece en paro respiratorio y nos las vemos y deseamos para encontrar un mínimo ambiente para cenar. Al final encontramos un local regentado por jóvenes emprendedores donde tomar un reparador carpaccio.

Annecy

Once kilómetros, once de túnel para atravesar el macizo del Mont Blanc. Continuas indicaciones (mínimo 50km/h, máximo 70), escrupulosa distancia de seguridad entre vehículos, una emisora de FM dando continua y cumplida información de la vida en el túnel, pero ahí dentro uno empieza a oír ruidos alarmantes y no digo nada si un tubo de escape expele una humareda…
Al poco rato entramos en Annecy, última etapa del viaje, dulce recuerdo de diez años atrás en las mismas fechas, espléndido refrendo del mismo paraíso a pesar del innegable carácter de postal turística de su casco antiguo, centrado alrededor del singular edificio, un antiguo presidio con forma de proa de barco, que parece retozar entre canales y cisnes, y en el que el trajín de visitantes es copioso e incesante, tanto como el trasiego de fondues en los restaurantes.
Pero Annecy es fundamentalmente su portentoso lago, accesible en sus catorce kilómetros de perímetro, rodeado de montañas salpicadas de parapentes y festoneado de playitas, calas, pueblos, también de postal, como el de Talloires, que se recorre en un par de horas hasta llegar a Annecy Le Vieux, zona residencial con muy buenos restaurantes en los que reponer fuerzas (con una fastuosa andouillette, si uno se atreve con tan singular embutido a caballo entre el freixurat y el botillo leonés).
Pero si algo permanece indeleble de Annecy es el paseo vespertino por la avenida de Albigny en la ribera del lago, bajo los plátanos centenarios, que sigue dando fe de elegancia, paz y vida cadenciosa. Allí, sentados ante lo que llaman la dame blanche, que conforman las últimas estribaciones montañosas al fondo del lago, observamos los pechos de la pétrea señora, una especie de penya de l’indio en plan erótico, y la vida parece detenerse. Es allí cuando el viaje adquiere todo su sentido, y por fin sobreviene el olvido de tanta farándula, exceso, nimiedad, frenesí. Allí, sin tiendas, sin comercios, sin bares, sin turistas (sólo nativos y un par de intrusos menorquines), sin musiquillas ambientales, ¡sin ruido! Es cuando el viajero se siente realizado.
En la vuelta aérea, vía Ginebra, esta vez son “causas operativas” las que nos obligan a batir el record de velocidad en pasillos aeroportuarios en la inacabable T4 para enlazar con Menorca, en cuya punta Este ya han desaparecido los ecos equino-alcohólicos de las fiestas. ¡Idò!

sábado, enero 24, 2009

Apuntes patagónico-bonaerenses

Publicado "Diario Menorca" el sábado 24 Enero
¿Por qué irse a la Patagonia para celebrar el doble evento de un par de amigos, tan poco relevante como cumplir determinado número de años? Esto me lo planteo ahora, después de un viaje de quince días por tierras argentinas y chilenas, hasta la extremosidad de pisar el mítico Cabo de Hornos bajo un viento que haría palidecer a cualquier mitómano de nuestra identitaria tramontana. Dejé constancia de ello en el libro de firmas del Faro con un texto más o menos así: “En Menorca sopla la tramontana, aquí aúlla el viento”. Pero el texto relevante es el de la poetisa Sara Vial que acompaña al monumento al albatros en aquella remota e inhóspita isla, en homenaje a los hombres de mar que perdieron su vida en el cruce del Cabo de Hornos:

Soy el albatros que te espera al fin del mundo.
Soy el alma olvidada de los marinos
muertos que cruzaron el Cabo de Hornos
desde todos los mares de la tierra.
Pero ellos no murieron en las furiosas olas.
Hoy vuelan en mis alas, hacia la eternidad, en la última
grieta de los vientos antárticos.

Pero suelo disfrutar más de los viajes una vez realizados, ya en la confortable seguridad del hogar, bajo la atenta mirada de mis perros (tan importantes en este periplo, como se verá más adelante), revisando apuntes, lecturas y fotografías, por este orden. Es entonces cuando paladeas verdaderamente las peculiares experiencias vividas, las risas compartidas, los suntuosos paisajes contemplados, las delicias gastronómicas autóctonas, sin el incordio de las molestias inherentes a tan largo desplazamiento (a determinadas edades, cualquier ausencia de casa superior a una semana es una temeridad: me he prometido a mí mismo que será la última, aunque no me hago mucho caso).

¿Por qué insisto, por otro lado, en ir, volver a Argentina? He pensado sobre ello pero creo que vuelvo por su música. Y lo escribo en cursiva porque no me refiero exclusivamente al inefable tango y a las melancólicas milongas, que escuchamos de nuevo en nuestra última noche bonaerense (Librería Clásica y Moderna, Callao 892), sino a la musicalidad de las voces de la calle, las hermosas palabras que nosotros hemos perdido ( “se enojó” en lugar del catastrófico “cabrearse”, “ me sentí liviano”…). Ellos siguen hablando increíblemente bien el castellano, y saben articular un discurso coherente sobre fútbol o política (mis pasiones), en lugar de endosarte la consabida jaculatoria apocalíptica o el lenguaje balbuciente (“guay”, “super” “flipar”,etc) que se estila por aquí.

Pero eso no es todo, están sus increíbles y lujuriosas librerías (¡Ay, el Ateno Grand Esplendid, tan cerca de la Librería Clásica y Moderna, en el cruce con Santa Fe!), y las de la calle Corrientes, abiertas hasta la madrugada , sus innumerables teatros en la misma calle (la indisposición de Nacha Guevara nos impidió ver “Evita”, pero nos conformamos con Yasmina Reza y sus “Conservaciones después de un entierro” que, aunque lejos de la chispa de su aclamada “Arte”, no carece de fina ironía con su planteamiento de las concomitancias entre Eros y Tánatos), sus tanguerías (especialmente recomendable “El Querantí”), la desmesura de sus avenidas, los incomparables helados de “Fredo”, los “limoncelos” de “La Biela”, los dulces de leche, los alfajores…

Pero de todo eso ya escribí hace tres años en estas mismas páginas. Vayamos a la Patagonia, a Tierra del Fuego, sus vientos estremecedores, su agreste paisaje, su variopinta fauna, desde el inocente guanaco (llama andina) a los majestuosos pero inquietantes cóndores, siempre al acecho, los más simpáticos cormoranes en las escarpadas laderas de los fiordos, la misteriosa y sibilina presencia ( virtual en nuestro caso, no hubo suerte) del puma. Y qué decir de su peculiar flora, con bosques de lengas y guindos, auténticos árboles barbudos (barbas de viejo, así llaman a una especie de limo grisáceo que se adhiere a sus troncos), que ostentan unas extrañas colgaduras chinas que, al igual que unas abollonaduras ( pan de indio), son en realidad parásitos que diezman sus bosques, tanto como la larga mano de los ganaderos en busca de pastos. Entre árboles “barbudos”, troncos muertos y el característico calafate, un arbusto que da unos pequeños frutos morados, justificadamente apreciados, el paisaje patagónico es inconfundible, además de cautivador.

Poco que apostillar a la impactante cercanía del gigantesco glaciar del Perito Moreno, el rumor de su digestión acuosa, sus ruidosos eructos, sus rugidos al desprenderse bloques de hielo. Menos conocido es el macizo montañoso de las llamadas Torres del Paine, en la Patagonia chilena, donde soberbios picos montañosos entrelazados armoniosamente con torres graníticas conforman un skyline de singular belleza. Allí, en el magnífico parque natural que las circunda, los arriscados exploradores menorquines se dieron de bruces con el descarado plagio del monumento al caballo de Ciutadella, y tras el ineludible Allà va! de desagravio, entonamos, mano en el pecho, Un senyor demunt un ruc, ante la atenta mirada del milodón, un oso antediluviano, cuya cueva merece la pena visitarse. La autoridad competente, civil o militar, en Ciutadella, no sé cómo estarán las cosas, debería actuar…

Pero no hay belleza sin su rastro de fealdad. La Patagonia, argentina, chilena, patrimonio de la humanidad embriaga por sus contrastes y desmesuras, por su flora y su fauna, por la impagable sensación de sentirte en el fin del mundo, pero no puedo despedirme de ella sin mencionar el macabro, sí, macabro, espectáculo de sus legiones de perros abandonados que deambulan por las calles de Puerto Natales o El Calafate, sucios, tullidos, con una aterradora mirada de insondable tristeza. Tras haber repartido pelleringos sobrantes de la cena, logré conciliar el sueño abrazado espiritualmente a mis westties, compungido una vez más por la peculiar e intransferible crueldad de los humanos.

miércoles, septiembre 27, 2006

Estampas Dálmatas

Estampas dálmatas

Amanece en Labat, a un par de kilómetros de la soñada ciudad de Dubrovnik, en la costa croata. Me levanto temprano, ávido de sensaciones tras una llegada nocturna en la que sólo pudimos atisbar las luces de la capital levitando sobre un mar en calma y, debidamente pertrechado, me dispongo a recorrer los alrededores corriendo suavemente, en acción preventiva contra el previsible engorde de una semana de relajo y prospectiva de lo que podemos encontrarnos en la semana que tenemos por delante.
Convencido de que iba a toparme con el consabido enjambre turístico de nuestras inefables costas, lo que se ofrece a mis ojos tiene poco que ver con ello: un paisaje suave de pinos y roca ocre cubierta de un manto verde que llega hasta la orilla, unas construcciones discretas, armónicamente camufladas en el verdor, caminos peatonales entre pinos, bordeando la costa, que parecen dispuestos para que el viajero se explaye. A mis pies, a unos diez metros, amables calitas de roca, pequeñas y coquetonas acariciadas con un agua polícroma, una miríada de pequeños paraísos con sus plataformas y escaleritas que invitan a la zambullida.
Dubrovnik, espléndida ciudadela sobre un mar abierto y en una prodigiosa calma chicha que no se alteraría en toda la semana, y que presumo es la nota dominante de un litoral que parece más lacustre que marino por la protección del rosario de islas que festonean su costa. Precisamente navegamos por el archipiélago de las Elàfites, recorriendo sus pueblitos y ensenadas en un mar que es espejo y que, a buen seguro, haría del alérgico a las travesías marítimas un auténtico lobo de mar: ¿quién puede ser insensible a una navegación que es grácil deslizamiento sobre bandeja de oro entre verdes islitas, puertos coquetones, ante la sabia y protectora mirada de una ciudadela que ha atravesado siglos y devastaciones?
Volvemos a Dubrovnik para perdernos en el dédalo de sus callejuelas cargadas de historia y también de restaurantes, agencias de viaje, tiendas de souvenirs y comercios diversos. Imprescindible (y agotador) recorrido por las murallas, un trayecto que, a buen paso, puede durar un par de horas, con el extraordinario premio sorpresa de contemplar, desde las alturas, el candor paisajístico de unos pescadores faenando como si tal cosa por los bellísimos roquedales que se abren a los pies de las murallas, y que poco antes habían cobijado nuestro primer baño croata. Desde las murallas, el viajero no puede sustraerse a la congoja de contemplar las cicatrices de los crueles bombardeos que sufrió la ciudad patrimonio de la humanidad hace sólo quince años y que contemplaría, apesadumbrada e inerme la bellísima isla de Lokrum, frente a sus almenas.
Dubrovnik night deja atrás la impresión de parque temático para ofrecernos una imagen más auténtica que los turistas contemplamos arrobados, en equilibrio con los nativos que ahora sí parecen abandonar sus escondrijos para zambullirse en la vida nocturna: jazz callejero, mercadillos, coros dálmatas. Al mediterráneo acostumbrado a sus ciudades fantasmalmente desiertas a las ocho de la tarde le llama la atención semejante bullicio propiciado por unos comerciantes que no vacilan a la hora de ampliar sus horarios. Y es que los croatas parecen apostar decididamente por el turismo para emerger definitivamente y hacerse un hueco en la próspera Europa. El problema, nuestro problema, es la inexorabilidad del principio de Arquímedes según el cual todo cuerpo sumergido en un fluido (turístico en este caso), experimenta un empuje hacia arriba igual al peso desalojado, y en este caso concreto, mucho me temo que la inmersión croata provoque el indeseado desalojo de aquellos que no hacen más que ordeñar la ubre del sol y playa.
En otro espléndido amanecer contemplo ese Adriático luminoso y aquietado que me ha hechizado, observando con envidia sus construcciones, casitas desperdigadas entre pinares, hoteles de dos alturas camuflados en el verdor, me recreo en el insólito silencio en tiempos de ruido y furia e inevitablemente vuelvo a comparar con nuestro litoral abollonado y estridente. ¿Quo vadis, sol y playa?


Montenegro, Mostar

Cuando me había despedido ya de la singularidad paisajística noruega (dos visitas en cinco años a sus fiordos son suficientes) y no esperaba volver a ver una belleza tan sobrecogedora, me quedo estupefacto cuando llegamos al fiordo de Kotor en pleno Montenegro, el último estado emergente (democráticamente separado de Serbia) del puzzle balcánico. Y es que Kotor sólo desmentiría que es un fiordo por su peculiar forma de mariposa, pero visto desde el alto de Njegusi, ofrece una imagen superponible a la muy mitificada del fiordo noruego de Geirangen, aunque sin el consabido filtro nuboso nórdico, con temperatura mediterránea.
Pero para acceder a Montenegro antes hemos tenido que sufrir un cuidadoso escrutinio en una frontera especialmente conflictiva por ser encrucijada con Croacia y Bosnia Herzegovina y habitual cita de mafias diversas especializadas fundamentalmente en tráfico de armas y coches. Unas carreteras harto deficientes, cuarenta minutos de aduana para entrar y más de una hora para salir es una importantísima asignatura pendiente de las autoridades montenegrinas si quieren explotar de verdad el filón costero de que disponen. Aunque es más urgente la mejora de las infraestructuras y la erradicación de privilegios provenientes de la época comunista como el que confiere a los taxis el monopolio de cruzar en ferry la bahía de Kotor.
Este pequeño país, de tamaño y población parecido a Navarra dispone de casi trescientos kilómetros de una costa de una belleza sorprendente, de la que sólo hemos catado la espléndida de Kotor, enormes lagos y cañones, todo ello de un potencial turístico de primer orden que está por explotar si los montenegrinos consiguen encontrar la piedra filosofal de la estabilidad política, ardua tarea si tenemos en cuenta el fuerte sentimiento proserbio de un 45 % de la población, palpable en el mar de banderas unidas serbio-montenegrinas que adornan ostentosamente las paredes de muchos establecimientos, la peligrosa afición a las armas de los montenegrinos… y la supuración de las heridas aún abiertas.
Volviendo al fiordo mediterráneo (no es un oxímoron) tras contemplarlo desde las alturas, el viajero aún se relame del espléndido y asequible ágape en la monumental ciudad de Kotor, con unos espléndidos calamares rellenos… a la plancha (pujenje lignje) y empieza a atisbar la pesadilla del regreso al paso fronterizo, el contraste entre lo que parece Europa y aún no lo es (Croacia) y lo que lo es pero no lo parece (Montenegro). La ciudad que da nombre al fiordo es un espectáculo de sí misma ahora que todavía no se ha convertido en parque temático con sus almenas sobre un brazo de mar, un castillo en lo alto de la montaña en que se apoya la ciudad y una muralla que serpentea por los riscos hasta los restos del castillo de la cima… Difícilmente se me olvidará la azarosa entrada en una capilla ortodoxa, con la presencia de un intimidante pope barbudo (¿pleonasmo?), muy interesado en enseñarnos los retablos, pero mucho más en recibir un caritativo óbolo.
A la vuelta, la ciudad costera de Perast ofrece al viajero la posibilidad de un arrobo místico, con sus viejas casonas de aire aristocrático en estado ruinoso y sus muelles afrontados a las montañas, donde un baño vespertino en medio de un silencio espectral es una experiencia cuasi religiosa, mientras que al pragmático emprendedor se le deben hacer los ojos chiribitas de tanta expectativa, ¡Si esto lo descubre Paco el Pocero!
Aunque también se las trae, el contraste entre Bosnia y Croacia no es tan abrupto como en el caso montenegrino. Aquí es algo más intangible, simbólico, no llama tanto la atención el desnivel económico, probablemente porque la inversión extrajera, aseteada su conciencia, se ha volcado (en la carretera a Mostar se suceden los concesionarios extranjeros de coches). La carretera a Mostar, tras un trámite aduanero imperceptible, es incluso más ancha y con mejor firme que las croatas, muy al contrario que en Montenegro. Y pronto llega el tremendo choque emocional de la entrada en Mostar, al comprobar con tus propios ojos los estragos de la barbarie humana (¿otro pleonasmo?), que deja de ser una anodina imagen televisiva para clavarse a tu piel con los garfios de la desesperación. Los edificios reventados por las bombas, picoteados por el febril sarampión de las balas, permanecen en Mostar como los hornos crematorios en Auschwitz, para que nos golpeen y nos laceren, para que impidan que surta efecto el anestésico paso del tiempo y no nos permitan olvidar.
Un estruendo de bocinas nos persigue en nuestro deambular por las calles de Mostar. Creemos que es un embotellamiento rutinario, pero al echar la inevitable ojeada precautoria vemos que se trata de vehículos engalanados celebrando una boda que hacen sonar sus bocinas en señal de euforia, ¿euforia?, no ahí hay algo más, advertimos al contemplar el despliegue de banderas a través de las ventanillas. Algunas bosnias, otras serbobosnias y qué sabe el viajero de colorines nacionalistas, pero todas afirmando, desafiantes, su presencia…su identidad. Mientras les saludamos cortésmente a todos, pienso en la inmarchitable estupidez humana y nos encaminamos al emblemático y otrora maltrecho puente que observamos desde lo alto de un minarete, en otro momento realmente místico.

Korcula
Volvemos a Croacia y nos encaminamos a Korcula (pronúnciese korchula)), la “pequeña Dubrovnik”, atravesando la vinícola península de Peljesac, cerca de setenta kilómetros de carretera sinuosa y escarpada desde la que se divisa el paisaje insuperable de un mar que parece lago, siendo como es un canal entre islas y el continente. Los rincones idílicos se suceden, una miríada de calitas de transparentes aguas verdiazules, discretas plataformas para bañistas que no menudean en este cálido y despejado septiembre en que deambulamos por estas tierras, entre maravillados y perplejos: ¿Cómo es posible que entre tanta beatífica belleza haya estado siempre la trifulca a flor de piel?
Primera parada en Mali Ston, a la entrada de Peljesac, al atisbar un recoleto rincón marinero que promete sensaciones auténticas. Sólo se escucha el graznido de algún ave y el eco mortecino de una retransmisión religiosa dominical. “Es una misa católica” nos revela, con un deje de orgullo una afanosa y servicial mujer mientras nos abre unas ostras de su rudimentario vivero y un vino blanco manifiestamente mejorable. Parque natural, Mali Ston ofrece además de un puerto coquetón una impresionante visión de la muralla de más de cinco kilómetros que la une a Ston.
Tras una interminable secuencia de imágenes de postal, llegamos a Orebic, al noroeste de Peljesac, principal centro de actividad marítima de la antigua Ragusa, para embarcar, coche incluido, en el ferry que nos debe llegar a la isla de Korkula, a su capital homónima. Mientras navegamos sin esperas ni dilaciones, no podemos evitar pensar en una ligazón parecida entre nuestras islas mediterráneas, aunque en estos momentos de arrobo viajero preferiríamos no articular comparaciones especialmente odiosas, preocupados como estamos por el devenir turístico del litoral español, embarrancado en un modelo de lindes indefinidos, y al albur, por ejemplo, del definitivo despegue de esta zona dálmata, a poco que consolide su actual estabilidad.
Recorremos las calles de esa Dubrovnik miniaturizada que es Korcula capital, evocando aspectos históricos que le resultan familiares al viajero menorquín, no en vano vio sucederse a franceses, ingleses y también austriacos hasta 1918, en que fue integrada en el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos. Tras dar buena cuenta de un suculento arroz negro a la orilla del mar, bajo las murallas de la ciudad, nos dejamos perder por la isla hasta encontrar una preciosa ensenada con las montañas de Peljesac al fondo, donde nos zambullimos con ilusión infantil y con melancólica sensación de fin de periplo.
Al día siguiente, las televisiones norteamericanas nos dan los buenos días con una retahíla de imágenes más o menos truculentas sobre el 11-S. No hace falta, no olvidamos. Jamás se borrarán de nuestras retinas aquellas pavorosas estampas, como las de nuestro zarandeado11-M (¡qué maravilla de semana sin conspiraciones!). Como tampoco olvidan los ciudadanos de Dubrovnik, a cuyas burbujeantes calles volvemos para despedirnos. Visitamos el Palacio Sponza donde nos estremece la exposición permanente de su particular holocausto de hace sólo quince años, imágenes de rostros jóvenes, sonrisas marchitadas por la sinrazón de la guerra, edificios que son, como toda la ciudad de Dubrovnik, patrimonio de la humanidad, humeantes, masacrados, estampas de muerte y destrucción, memoria que se mantiene indeleble con una preocupante e inequívoca leyenda: “Asesinados por los bombardeos serbio-montenegrinos”. Así sin eufemismos políticamente correctos, con toda su crudeza…¿vengativa?
Inmersos de nuevo en el bullicio nocturno de la ciudad, el viajero no puede dejar de maravillarse de la capacidad del ser humano de sobreponerse a los horrores que él mismo genera, y de cómo es capaz de dar la vuelta a las situaciones más adversas. Este país joven que hemos recorrido estos días con profunda admiración no exenta de perplejidades diversas, tiene todo en sus manos para mejorar su destino histórico. Me lo reafirma el director del hotel en el que nos hospedamos, en la turística pero nada agobiante península de Labad. “Nosotros no tenemos problemas de estacionalidad”, me comenta, “Dubrovnik, es una joya dotada de magnetismo en cualquier época”, concluye.
Sentados en una terraza, admiramos la singular belleza de sus mujeres, cabellos negros y ojos de azabache algunas, rubias de reflejos esmeralda otras, tan fascinantes como su propio país de países. A través de esos destellos, el viajero hace votos para que nunca más se impongan en estas hermosas tierras los delirios religioso-nacionalistas sobre la imprescindible alianza de valores. El día que sean capaces de ver las banderas como lo que deberían ser, meros objetos folklóricos, y la religión como un asunto privado, habrán iniciado un camino que no debería tener retorno.
Ya en el aeropuerto, tomamos una cañas (hoy conduce otro) con dos tenientes españoles del contingente de Eurofor en Mostar. Son dos chicos listos, comunicativos y vocacionales. Nos cuentan que se van ya dentro de un año, que todo está tranquilo, pero que no acaban de fiarse, hay demasiados odios soterrados…y miles de minas sin desactivar. En fin, volver a la cruda realidad.

martes, noviembre 15, 2005

Argentina: crónica de un amor crepuscular

¡Ah, el amor! Cuando crees que el río de pasiones juveniles se ha encalmado para siempre, surge inopinadamente un rumor de aguas turbulentas que vuelve a seducirte, llevándote a terrenos del embeleso. Eso es lo que le ha ocurrido al viajero en su periplo argentino. ¿Cómo no enamorarse de una ciudad, Buenos Aires repleta de librerías, teatros en febril actividad y sensualidad tanguera?, ¿cómo no dejarse seducir por un país trufado de gentes cordialísimas y de una belleza variopinta y apabullante?, ¿cómo evitar ser abducido por el erotismo gastronómico de sus asados y alfajores? Ay, mi Buenos Aires querido, apenas recuperado del jet lag (que no es más que una melancólica modorra) ya sé que inevitablemente vamos a volver como nos auguraba la milonga de la última medianoche en la librería-teatrillo Clásica y Moderna.
Paradójica sensación de ciudad inabarcable a la que sin embargo pareces tener en un puño: todo resulta próximo, familiar, desde el idioma común hasta esa vocinglera y juvenil alegría de vivir que se ve, se siente, siempre está presente, a pesar de que ellos recién salen de pozo: tocaron fondo hace unos años y saben que no puede haber vuelta atrás, aunque el camino está sembrado de las espinas de una secular mala política, decenios de afanes (expolio de lo público), chanterío (demagogias populistas), coimas (sobornos), en suma todas las condiciones suficientes y necesarias para cargarse a la clase media e irse a pique.
Da la impresión de que han aprendido la lección de que no puede haber desarrollo económico y bienestar sin reformas estructurales en los tres poderes y cambios a medio y largo plazo tendentes a conferir seguridad jurídica, claridad en cuanto a derechos de propiedad y transacciones, fin de ciertas impunidades, modernización del legislativo… Y de un sistema de partidos, donde la omnipresencia del Partido Justicialista (peronista), prácticamente sin más oposición que la interna, es incomprensible para un europeo. En fin, un mundo de tareas que tienen que acometer y que el viajero enamorado desea que lleven a buen término.
Antes de salir para Iguazú visitamos el imponente Ateneo de la Avenida Santa Fe, un antiguo teatro convertido en librería, donde los bonaerenses hojean libros, los leen en los palcos o, como nosotros, toman café mientras escuchan un civilizadísimo debate sobre el estilo peronista, o sea, básicamente sobre la mítica figura de Evita, a la que luego volveré. La Librería del Ateneo es una cita ineludible para lectores metódico-selectivos (abstenerse compulsivos del enganche-entretenimiento), un lugar ideal para volver a creer que no todo está perdido en este mundo de eslóganes y flashes mediáticos.
Provincia de Misiones, Iguazú: arrobamiento místico ante la indescriptible belleza de unos imponentes saltos de agua popularizados en la película “La Misión”. Imposible no sentir cierto atisbo de trascendencia ante la aparición del arco iris sobre el fondo de las cataratas. ¿Cómo no captar el peculiar (¿perverso?) sentido del humor del Supremo Hacedor ante ese derroche de agua mientras en otras partes de su Creación los seres vivos lametean las plantas para obtener una misérrima gota?
Nos hospedamos en la parte brasileña de la urbanización turística donde comemos al aire libre una suculenta feijoada (guiso de frijoles) mientras unas iguanas de torva mirada se pasean a nuestros pies y unas enormes mariposas grises festoneadas de negro se posan plácidamente sobre tus dedos. Te quedas quieto, paralizado y observas cómo reanudan elegantemente el vuelo cambiando totalmente sus colores. En cuanto a la falaz competencia entre niveles de belleza entre la parte brasileña y la argentina de las cataratas, poco que decir: la brasileña es para ver y la argentina para sentir. Imprescindibles las dos visiones. Para los fetichistas del cine deseosos de revivir las aventuras misioneras de Robert de Niro, les puede ser suficiente visitar el sector argentino.
Península Valdés: monotonía de matojos tras los cristales pespunteada por la fantasmal aparición de guanacos (llamas patagónicas) y maras (roedores del tamaño de un perro grande y que se sientan como tales). El paisaje patagónico es fascinante en su desolación, kilómetros y kilómetros de planicie seca, llena de matojos, con el premio gordo final del espectáculo de su costa para admirarla en arrobo místico y extasiarse ante los elefantes marinos, con sus cuatro mil kilos a cuestas que suelen portarse profesionalmente ante las visitas. Situados a pocos metros de ellos en una agreste y protegida playa, nos dedicaron todo el repertorio: desde sus imponentes rugidos a la escenografía completa del harén, donde el macho, tras espantar a algún osado periférico copuló tranquila y amorosamente, posando su aleta sobre el lomo de una de sus hembras (evítense los chistes fáciles).
En Punta Tombo, reserva natural de pingüinos, cuyas hembras eligen primero piso (nido) y secundariamente al macho (de nuevo la tentación del chiste), constato un dato para la esperanza: unos jóvenes permanecen inmóviles, observando meditabundos el ir y venir de esas elegantes aves ¡sin tomar una fotografía, sin filmar con un video digital!, simplemente miran y piensan, supongo, en la futilidad de la vida de esas miríadas de turistas, incapaces de observar fuera de la mirilla de sus aparatos. ¿Cómo se las apañaban los turistas de la época pre-fotográfica? Seguramente disfrutaban mucho más. Sin móvil (celular lo llaman aquí) ni máquina, me siento libre, más humano.
Nos despedimos de la Patagonia tomando un inolvidable mate en la playa, en compañía de Santiago, un trotamundos de Puerto Madryn, que nos lleva en todoterreno a un alucinante viaje, entre dunas y riscos, por playas y calas salvajes hasta una lobera, donde los leones marinos lucen, no sólo su pintoresca melena, sino su prolongada holganza (si no subiera la marea, que les obliga a nadar, se morirían de hambre, nos cuenta Santiago); también nos enseña a sobrevivir en aquel páramo mostrándonos el jume, planta de alto contenido hídrico, en una inolvidable lección de botánica patagónica. “Si alguna vez se pierden”, nos dice, no lo olviden.
Volvemos a Buenos Aires para caer en la última de sus trampas seductoras: las compras. Bendigo al amigo que nos aconsejó viajar ligeros de equipaje: la ropa está a tan buen precio que es imposible no caer en la tentación de quedar bien con uno mismo y con los amigos, aunque el grueso de las compras se lo llevan, como siempre los libros. Imposible resistirse. También le compro una camiseta albiceleste a mi hijo, por lo de Messí, mayormente, mientras termino mi encuesta político-sociológica de pregunta única: ¿Boca o River? que me permite entrar en materia de manera taimadamente suave y no suele fallarme. Los hinchas boquenses rezuman peronismo y los de River, suelen ser gorilas, como llaman a los antiperonistas, aunque soy consciente del trazo grueso de esta percepción (el viajero, sin ir más lejos y sin razón aparente, se declara de River).
De una u otra forma, lo cierto es que a pesar de su dicharachera cordialidad, se advierte cierta reserva para tratar este tema crucial en su historia y en su forma de ser. Da la impresión de que el peronismo ha producido una profunda fractura social que no acaban de superar. En el debate del Ateneo bonaerense, la actriz que había interpretado a Evita habló desinhibidamente de cierto racismo clasista. La gente bien, los oligarcas, según la jerga peronista, nunca admitió que una advenediza de clase baja les gobernara y mucho menos que ella y su marido (¿por este orden?) instauraran una serie de demagogia populista que rompió las bases de una cultura del trabajo a favor de un asistencialismo estatal enloquecido que finalmente llevaría el país a la bancarrota. Los hinchas de Boca cuentan que por primera y única vez en la historia, unos gobernantes se ocuparon de los desfavorecidos…
Al viajero, ya perdidamente enamorado de la música de su lenguaje (¡ay, esos boliches bailables y chusmeos!) y de ese tango que es erotismo estético y melodioso, de la ciudad y sus gentes, le cuesta entender cómo pueden amar tanto el teatro y los libros y al mismo tiempo entronizar a esa Evita… y a Maradona, un jugador que me entusiasmó tanto en los campos de fútbol como me repele fuera de ellos, un cabeza hueca, presente todos los días en los medios. En el avión de vuelta, en nuestro departamento, sólo una luz titila; es la del viajero, absorto en la lectura de una exhaustiva biografía de Eva Duarte de Perón (“Evita”, Marysa Navarro, Edhasa), ¿heroína de los pobres o semilla de la actual depresión? Descanso, me froto los ojos y ya sólo pienso en el tango de Gardel, el otro mito, esta vez inocuo: Volver con la frente marchita y las sienes plateadas por las nieves del tiempo. Sé que volveremos.